No existe mejor modo de aliviar el dolor que descargándolo sobre otro corazón. Y esto, que se puede hacer con una mirada cuando hay intimidad bastante, de ordinario sólo es viable traduciéndolo en palabras y en tiempo de alguien que escuche. Hay una gran demanda, por eso, de escuchadores. No de gente que ponga la oreja, sino de gente que ponga el corazón y escuche sin limitarse a procesar unos sonidos, sin atenerse sólo a lo que se dice, sino a lo que se intenta decir. Casi todo el mundo quiere que le interpretes, que le evites tener que decirse del todo. Menos unos pocos, que sólo dicen lo que quieren decir y esto coincide con lo que quieren que se sepa. Así que no me extrañan los resultados del estudio que se hizo público ayer y según el cual los españoles demandan más tiempo de sus médicos, un trato menos técnico y más humano. Quieren llenarse de confianza y no sólo de remedios farmacéuticos. Semejante pretensión es siempre comprensible, pero más para quienes sufren física o moralmente, que quieren poder decir «mi médico» y que les preste toda la atención posible. Porque en el fondo, escuchar es eso: prestar atención y esforzarse por entender al otro como el otro se entiende a sí mismo. Quizá por eso casi todos los grandes médicos son, a la vez, grandes humanistas. psanchez@udc.es