MÁS ALLÁ DE LA CONSIGNA

OPINIÓN

21 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

La consigna es el optimismo. Decir que hemos afianzado nuestra soberanía de forma contundente, que hemos vuelto al statu quo anterior al 11-J, que nuestro Gobierno actuó con coraje y decisión admirables, que nuestra diplomacia brilló a gran altura, que el Ejército demostró su alta preparación y capacidad, que el Rey y las fuerzas políticas estuvieron constantemente informados, y que la operación perejilera contó con un enorme respaldo popular y parlamentario. ¡Todo muy patriótico! Pero la realidad es muy diferente, hasta el punto de confirmar los peores presagios de mi anterior artículo. Porque todo este embrollo, cutre y azaroso, terminó en uno de esos empates que ensalza al equipo de tercera división, o sea Marruecos, y humilla al que juega la Champions, o sea España. Porque la Unión Europea fue incapaz de hincarle el diente a una chorrada que calificó de conflicto bilateral, para dejarle el balón a Collin Powell e invitarlo a chutar sobre puerta franca. Porque todos, desde la OTAN a la UE, pasando por la Casa Blanca y la ONU, se cuidaron muy mucho de abroncar la actuación gamberra de Marruecos, y porque la solución final es una humillante injerencia americana que trata el conflicto como una pelea de chiquillos, que son obligados a darse la mano sin que nadie entre a dirimir el fondo de la cuestión. Y eso, para nuestra política exterior, es un desastre sin paliativos, porque nos desaloja otra vez del estilo político de los grandes, para meternos en la disciplina correosa del montón. ¿Se acuerdan ustedes de aquel Aznar viajero que quería mediar en el conflicto israelí? ¿Se imaginan a Powell abroncando a Sharon como abroncó a Aznar? ¿Que hace Mr. PESC en Kosovo, en Israel o Afganistán si luego se achica en el Estrecho? ¿Cómo puede decir la Unión Europea que esto es un asunto bilateral para dejar que Collin Powell coja el mancontro y resuelva la cuestión mientras hace unos hoyos de golf? ¿Tan imposible era mantener el tipo durante tres días y forzar una solución protagonizada por España y Europa, y zanjarla en Madrid -¡no en Rabat!- como país ofendido? Por mucha voluntad que le pongamos al asunto, es evidente que estamos ante un empate vergonzoso -¡al estilo del España-Corea!- protagonizado por el árbitro, que en el reino alauí sabe a colosal victoria, y que deja en un ridículo espantoso el rebrote de patriotismo militarista protagonizado por Trillo, la nueva diplomacia conducida por Ana de Palacio, y el pulso de hierro de un Aznar recluido en la Moncloa. Claro que, como la oposición también trató este asunto como una cuestión de Estao , que parece el equivalente civil del cuerpo a tierra, no queda casi nadie para sacarle los colores al Gobierno y decirle que nunca tuvo peor la cuestión norteafricana (incluidas Ceuta, Melilla y el Sahara). Pero eso no nos impide a usted y a mí, que somos libres, el saber y decir que hemos metido la pata en todo el Perejil.