El debate sobre el estado de la Nación ha puesto de manifiesto, con meridiana claridad y por primera vez en seis años, tres datos políticos muy relevantes: la incapacidad del Gobierno para retomar la iniciativa, la presentación de las ideas fuerza de una alternativa política desde la izquierda y, lo más preocupante, la constatación de que con el actual presidente del Gobierno será muy difícil reconducir el diálogo social y recuperar una relación fluida con el gobierno vasco. Tras la remodelación del Gobierno, Aznar comparecía en el Parlamento con el objetivo de eludir la rendición de cuentas de su acción de gobierno, dando por amortizado el pasado. Con esa pretensión intentó transformar el debate de política general en uno nuevo de investidura o, como mínimo, en un examen al líder de la oposición. No consiguió ni una cosa ni la otra. Gastó parte de sus reservas políticas en la última crisis de gobierno sin recuperar la iniciativa política. Es cierto que la oposición no presentó un programa alternativo articulado. Pero sí formuló un conjunto de ideas fuerza que demuestra que existe una alternativa política posible y realizable, pero muy distante del actual proyecto conservador. Con ello la izquierda consigue abrir un horizonte político a la creciente contestación social y crea las bases para recuperar, en una primera fase, a los tres millones de abstencionistas que en las últimas elecciones generales le retiraron su confianza. No conviene olvidar que fue esa retirada de confianza lo que posibilitó la mayoría absoluta de Aznar. Pero el dato más trascendente fue la falta de voluntad política del presidente para restañar las heridas por la quiebra del diálogo social y la ruptura con el gobierno vasco. Incapaz de asumir los resultados de la huelga general y la autonomía de los sindicatos, Aznar parece decidido a dinamitar el diálogo social, y a conducir al país a un interminable rosario de tensiones, tan indeseables como inevitables si no se produce un cambio sustancial en la actitud política del Gobierno. Más preocupante aún, por la falta de horizonte, resulta la posición de Aznar sobre el País Vasco. Negando explícitamente al PNV el liderazgo que los ciudadanos vascos le otorgaron en las urnas, y empecinado en que la derrota del terrorismo es inseparable de la derrota de todo el nacionalismo, Aznar no deja otra opción que la de perseverar en la confrontación entre dos frentes cerrados: el nacionalista y el no nacionalista. Los resultados de esta política son el creciente distanciamiento entre Euskadi y el resto de España, la profundización del cisma en el seno de la sociedad vasca y la interrupción del aislamiento de Batasuna. La oposición tiene la obligación, desde la ineludible defensa del orden constitucional, de formular un proyecto que permita reconducir y poner fin a una interminable e insostenible crisis, que la obstinación y la falta de perspectiva del presidente impide abordar en toda su complejidad. Es necesario que el debate tenga consecuencias.