DE BALZAC A GARCÍA MÁRQUEZ

RAMÓN CHAO

OPINIÓN

18 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Una lugar común: el tiempo pasa veloz. Hace veinticinco años Miguel Ángel Asturias me declaró en Niza que Cien años de soledad , de García Márquez, es un plagio de la novela de Balzac En busca de lo absloluto . En Cien años de soledad , García Márquez cuenta que en su último paso por Macondo, el gitano Melquiades regaló a José Arcadio un laboratorio de química, con el que el patriarca de la familia Buendía podría descubrir la piedra filosofal. En su novela, Balzac describe la locura creativa de Baltashar Claës, a quien un misterioso oficial polaco apasionó por la Química a su paso por la ciudad flamenca de Douai. El llamado Claës abandona mujer e hijos para consagrarse a investigar la descomposición del hidrógeno y la obtención del oro. Ahí se para la semejanza entre ambas novelas, lo cual no justifica una acusación que únicamente habríamos de achacar a un asomo de celos de un premio Nobel a otro más joven. Porque es indudable que existe una diferencia esencial entre ambas obras. Empezando por las actitudes de la esposas de los dos iluminados. Cuando Buendía revela a sus hijos su insólito descubrimiento: «¡La tierra es redonda como una naranja!», Úrsula no lo cree y planta cara: «Si te has de volver loco, vuélvete tú solo (...). En lugar de pensar en esas bobadas, mejor harías si te ocuparas de tus hijos (...). Míralos, dejados de la mano de Dios, que parecen unos asnos». Cito de memoria, y que me perdone García Márquez por el atropello. Úrsula estrella el astrolabio contra el suelo y solivianta al pueblo contra los gitanos. Por su parte, Josephine veía «cómo se esfumaba la herencia de sus hijos, pero quería salvar la vida de su esposo. ¿Acaso no era éste el primer deber de una mujer: hacerlo feliz?». Los lienzos de los grandes pintores que hubo de vender para pagar las deudas ocasionadas por las investigaciones locas del alquimista «no eran nada comparadas con la felicidad doméstica y la satisfacción de su esposo». Josephine poseía , nos dice Balzac, «esa piedad española que jamás separa la fe del amor, y que no logra comprender que existan sentimientos sin sufrir». Josephine era fea, contrahecha y su pie derecho cojeaba ruidosamente: ¿Acaso Balzac conocía el viejo proverbio español que reza «La mujer casada, la pata quebrada y en casa»? Pareciera que se comportaba para que los sentimientos estuviesen desligados de la belleza. «Era auténtica la sangre española en la mansión de los descendientes de los Casareal», escribe Balzac. Josephine no era analfabeta, pero hasta sus veinte años, edad en la que sus padres la sacaron del convento, sólo había leído obras de ascetismo. No cabe duda de que conocía La Perfecta casada , de Fray Luis de León, libro en el cual este fraile venerable concede a la mujer la posibilidad de tener una vida interior fuera del estado religioso, pero siempre buscando a Dios. Al final de 1814, Josephine, víctima de su marido, había alcanzado un grado tal de depresión que no era capaz de abandonar la cama. Pasó sus últimos días asqueada de la vida, pero «ocupada con santidad a perfeccionar el alma de sus dos hijas, en las cuales se empeñó en distribuir el fuego santo que la consumía», sin ningún reproche hacia el hombre que la había abandonado. Como buena flamenca y rebelde que era, su hija Marguerite se opone al padre, del mismo modo que los condes de Egmont y de Horn habían resistido ante Felipe II. Pese a la cantilena de la señora de Claës: «No disgustes a tu padre. Ámalo siempre», que sigue oyendo incluso después de la muerte de su madre, Marguerite libera la casa Claës del peso místico y religioso que le habían impuesto los españoles, cambiándolo por «un esplendor moderno en el que no cabría idea alguna de decadencia».