Le llamo así, Petroselinum Hortense , para darle seriedad a la cosa, y para que el nombre vulgar de Isla Perejil no contribuya a aumentar el cachondeo que se trae la parroquia con el actual conflicto entre Marruecos y España. Porque allá en el fondo se intuyen tonos de drama difíciles de controlar, y porque bastante tiene el recién estrenado Gobierno de Aznar con tomarse muy en serio lo que para el conjunto de los españoles se presenta como una abundosa fuente de chistes y cuchufletas. Los ingredientes del pastel están todos a la vista. Un trozo de imperio, perdido frente a Marruecos, del que nadie se acordaba, y en cuya cutre superficie no hay ni siquiera un destacamento de enchufados dedicados a izar y arriar bandera y a dar testimonio de la soberanía española. Un vecino díscolo y taimado, al que no sabemos si tratar como amigo o enemigo. Un adversario dictatorial y corrupto al que siempre tratamos con guante de seda, y al que todas estas cosas le sirven para aliviar sus tensiones internas. Una historia de roces y desencuentros en la que siempre salimos malparados. Un complejo de culpa derivado de la desconolización del Sáhara, que no va a permitir que montemos un guirigay por la Isla del Perejil después de haber abandonado a los saharuis a su mísera e injusta suerte. Un trato fraternal entre ambas monarquías, que nadie sabe para qué sirve ni qué fundamentos tiene. Por si algo faltaba, esta endiablada menudencia de la Isla Perejil nos llega en circunstancias políticas delicadas. Un contencioso gibraltareño en plena evolución, que, si en términos correctos no es lo mismo , suscita comparaciones tan odiosas como inevitables. Un Aznar que presume de líder mundial, corre como un galgo y pone los pies sobre la mesa de Bush, pero al que luego se le sube el moro a la barba sin que ni la OTAN, ni la UE, ni Bush, ni los testigos de la boda de su hija le echen una mano. Un ejército que luce palmito en Afganistán y Kosovo, pero que nada tiene previsto para un caso como éste. Una política exterior de cartón piedra y ciertamente atrabiliaria, que quiere jugar como grande y pagar como pequeño. Y una ciudadanía que no puede tomarse en serio la manifiesta incompetencia -Piqué incluido- que precede a este conflicto. Así las cosas, creo que la geografía de la España de Aznar empieza a ser tan simple como envenenada. Al norte limita con el conflicto vasco, que nos separa de Europa. Al sur con la Isla Perejil y la fraternal monarquía Alauita, que nos toca los peñones. Al este con la ampliación de la UE, que nos rasca los fondos... de cohesión. Y al oeste con la crisis argentina y la samba brasileira, que nos hunden la bolsa. El relieve lo definen la alta cordillera de Cascos y Arenas, los Picos de la Inflación, las gargantas de Fishler y la estepa de Méndez y Fidalgo. Claro que todo lo demás va bien. Gracias a Rodríguez Zapatero, que, una vez más, acaba de ponerse al lado del Gobierno.