PEREJIL

ERNESO S. POMBO

OPINIÓN

12 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Desembarco en Perejil . Director, Luis García Berlanga. Pepe Isbert, luciendo estrellas de comandante, al frente de un pelotón compuesto por Manolo Morán, José Luis Ozores, Antonio Garisa, y Xan das Bolas, iza un par de banderas en la cima de un peñasco. Montan una tienda de campaña y allí se establecen. Un oficial español les invita a bajar. Ni caso. Pudo haber sido uno de los grandes éxitos del cine español de los sesenta y hoy película de culto. De haber tenido la idea, Berlanga habría cosechado otro sonoro éxito. Pero ni él, que supo adelantarse al Plan Marshall para ridiculizarlo, fue capaz de imaginar una bufonada tan disparatada como la que acaba de ocurrir en la isla Perejil. Resulta difícil, por no decir imposible, tomarse con un mínimo de seriedad la ocupación del peñasco español. Quizás sea el momento de aplicar la máxima de Les Luthiers, que vienen haciendo suya los marroquíes, de «no te tomes la vida en serio porque, al fin y al cabo, no saldrás vivo de ella». Pero la decisión marroquí confirma que estamos ante un país que desconoce la diplomacia y los tratados internacionales. Que circula por libre. Y que aunque nos cansamos de repetir que son nuestros hermanos , nos han perdido el respeto y tomado la aguja de marear. Pero no menos curiosa es la posición española. Si Perejil es un enclave de gran valor estratégico, difícilmente se entiende la desidia en su custodia. Tan atareados estamos en arreglar el orden mundial que hasta nos olvidamos de colocar un ordenanza. La resolución no se antoja fácil. Porque no consiste en ir allí, cogerlos por las orejas y echarlos, como ayer mismo pedía un sector de la sociedad. Pero, además, el desafío marroquí es una pequeña muestra de lo que puede ser capaz de hacer un país que vive en la Edad Media. Cualquier día nos dará un serio disgusto. Y ya no estaremos hablando de una buena comedia cinematográfica. Mientras, llamemos a Arguiñano. Es el que más sabe de perejil.