ORTIGUEIRA

OPINIÓN

12 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Gusto de frecuentar Ortigueira en tardes de vagar buscando la geografía oculta del sosiego y ese catálogo de brisas recientes que hacen estación de vientos por la villa. La tarde es como un decorado antiguo colgado del Cantón y su memoria de la farola y de un paseo que se sobresaltó al toque vecino de las campanas. En estos días se convierte en la capital de un folclore que afianza sus raíces en esta parte de la cristiandad. Un pueblo ágrafo como el Celta debió de dejar para el futuro el ritmo y la música en un legado para reescribir la historia. Historia musical que tiene en la capital del Ortegal, recuerdos sinfónicos para una tierra de músicos y artistas que como los Garrotes cuando alboreaba el siglo pasado, sembraron de alegres notas todas las romerías de los pueblos vecinos e incluso llegaron con sus «maletas cheas de ópera» a la entonces lejana Asturias. De esas tierras es originario el legendario gaiteiro Choumín, vestido con la elegancia serena que le aportaba el bombín señoreando su noble testa. Músicos y gaiteros, que incluso hicieron el camino de ultramar, como le gustaría novelar a Manolo Méndez, que anda metido en una historia apócrifa de Ortigueira llena de indianos y piratas. Pasear la tarde ciñendo a Ortigueira por el talle, cuando el verano declina, o perder la mirada fijando límites al infinito un día de invierno cuando las miles de aves viajeras que vienen de los fríos del norte de Europa orientando su rosa de los vientos genética hacia las cálidas tierras de África, descansan desde su origen en los humedales y marismas de las rías. Es un placer que yo recomiendo a los coleccionistas de placeres básicos y sustanciales para entender las amables claves de la vida. Tiene la antañona villa todos los registros del silencio, la cordialidad que se quedó a vivir en tertulias y tabernas y en el aire antiguo de las señoritas de pueblo haciendo de los ritos un camino iniciático. Cunqueiro fue profesor de academia privada en Ortigueira, y fue ahí donde escribió sus más bellos poemas y alguno de sus mejores artículos en una hoja volandera azul y llena de rutas imperiales, que lo rescató para la literatura y el periodismo. Mucho me gustaba asistir al baile del Club en los jardines de la Alameda, adornados de noche de fiesta, bailar desde la elegante decadencia, y enamorarse un poco a cada pieza con el rumor del mar como testigo vigilado por dos imponentes palmeras reales que hicieron el camino de vuelta desde el mar Caribe. Las fiestas de la patrona concluían siempre con la cita anual del baile del Club. Hoy, este fin de semana, la villa se llenará como cada año de muchachas y muchachos que buscan permanentemente un finisterre para comenzar la fiesta. Debe de ser un rito purificador, una romería laica, otro camino jacobeo con su particular playa del gozo, de todos los gozos adolescentes que caben en la memoria. Después, el apacible y fresco verano de estas latitudes va a teñir de oro viejo los atardeceres, quizás prologando el otoño y los recuerdos, y en la conversación con Obdulia se llenará de libros como las plazas se llenan de palomas y por Madrid en el invierno, Moncho Barro, hará ejercicios de saudade mirando para el norte y llevando a Ortigueira como el poeta Esquío, en una copla, en los labios.