CARLOS G. REIGOSA
12 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.No es tan simple, pero es verdad que hay una relación directa entre la persistencia del paro o la inseguridad en el empleo y la caída de la natalidad. No es fácil hacer planes a largo plazo si no se sabe dónde se va a estar currando en un corto espacio de tiempo. Los hijos, ya se sabe, comportan decisiones de dilatado alcance temporal. La cuestión no tiene vuelta de hoja. No es un problema de derechas o izquierdas, ni de mediopensionistas, pero nadie hace nada que lo remedie. Y sin embargo es la realidad de un montón de treintañeros que vagan confusos y que no acaban de ver dónde acomodar laboralmente sus culos de modo que puedan sustentar el nido. Hablar con ellos a veces acojona. Menos mal que los políticos no parece que lo hagan, y así no sufren. Quizá porque esa intemperie no se ha hecho para ellos. El dato sigue ahí, inconmovible, sin que ni siquiera sea objeto de debate. En realidad, cautivo y desarmado el ejército responsable de la natalidad, hemos pasado a hablar de la inmigración como patera de salvación. Decía Cicerón que el amor a los padres es el fundamento de todas las virtudes. ¿Quién amará a nuestros treintañeros?