La ferrolana estatua ecuestre del Caudillo ha sido trasladada desde su emplazamiento primero, con procesión y bajo el palio de la noche, hasta el centro cultural de la Marina. Hazaña que actualiza, en versión bloquera, el castellanísimo «a moro muerto, gran lanzada». Nuestra Transición, modélica para sus autores, confundió reconciliación con olvido: hubo un pacto tácito para dejar en paz el pasado reciente y cancelación de responsabilidades. Se permitieron toda clase de reinterpretaciones cosméticas (cuya expresión más burda es llamar período predemocrático al comprendido entre 1936 y 1975), y no se objetó la continuidad de políticos del orden viejo. En otros países, el borrón y cuenta nueva no se hizo a costa de la memoria histórica ni del solo sacrificio de los vencidos. Una secuela de esta decisión errada es que los más jóvenes no tienen una idea cabal del tiempo de silencio, y el relato de la España que tomó como símbolo al muerto que mató a nuestros difuntos les suena a batallita del abuelo. Por ello, carecen de una referencia esencial para apreciar la calidad política del presente y decidir sobre el futuro colectivo. Manipuladores y demagogos disponen de clientela donde colocar mercaderías insalubres. Parar atajar la desmemoria, una buena pedagogía de la libertad consistiría en dejar monumentos como la controvertida escultura en su lugar. Aparte de que por alejarlos del ojo público no se enmienda la Historia ni se reparan injusticias incobrables, su presencia nos refriega con qué facilidad los demócratas de toda la vida aceptamos la tiranía: el hombrecillo del caballo cabalgó casi cuarenta años a lomos de la dignidad de los españoles con el beneplácito de la mayoría y muy pocas resistencias. La cosa parece un brindis ideológico al sol, pero ofrece la sugestiva novedad de la recomendación póstuma: hacer que la Armada acoja en su museo la contrahechura del general a quien no admitiera de guardiamarina. Pioneros, ahora sí.