09 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Al final, y en temas de pura estrategia, siempre acierta. Es audaz, frío y calculador. Programa sus acciones en absoluto secreto. Dirige su partido con mano de hierro. No se siente concernido por ninguna de las servidumbres que atenazan al que quiere seguir en el poder, y disfruta de una oposición y unos sindicatos que sólo se dedican a recoger balones fuera del campo y llevarlos al punto de penalti, para que el gran Aznar pueda tirar a placer y mientras el portero se ata las botas. Por eso está eufórico e intratable, haciendo chistes y chascarrillos, luciendo palmito de líder mundial y presumiendo de ser el primer español que pone los pies sobre la mesa del cuarto de estar del presidente de los Estados Unidos. ¡Un fenómeno! Claro que, en términos de política de Estado, no acaba de cuajar una gran faena, mostrándose casi incapaz de librarse de algunos fantasmas que le persiguen desde el principio: la inmigración, la desorientación en la política europea, la política vasca y la lucha contra el terrorismo, el rancio discurso de España, el modelo educativo cada vez más privado e insolidario, el caos de la política internacional, el cáncer de la inflación, la debilidad de su política social y un deje de extraños olores en las privatizaciones y en la reestructuración de los medios de comunicación. Pero también es verdad que la gente no quiere ser gobernada por hombres perfectos y todopoderosos, y que tolera mucho mejor algunos síntomas de mal gobierno, que son inevitables, que la errática sensación de una oposición que no sabe por dónde hincarle el diente a un presidente que casi todos los profetas y politólogos habíamos calificado como débil y abocado a un final breve, oscuro y sin historia. ¡Que Santa Lucía nos conserve la vista! La remodelación de ayer es magistral. Renueva ocho carteras e introduce savia nueva en las políticas más anquilosadas, se deshace de los más mantas (Villalobos, Birulés y Cabanillas), se queda con todos sus amigos (Rato, Rajoy, Cascos, Arenas, Michavila y Zaplana), mantiene a algunos que todos daban por cesados y demuestra que hace lo que le da la gana (Matas, Piqué y Arias Cañete), retira a Mariano Rajoy de Interior, donde ya se le habían acabado las ideas, y lo reserva para posibles enjuagues de futuro, aumenta el suspense de la sucesión, y el poder que de él se deriva, con los nombres de Zaplana y Arenas, deja cuadrados los toros de algunas de las grandes alcaldías -Madrid incluida-, asciende a su amigo Lucas al Olimpo del Senado, se libra de un portavoz simplón y triste, mantiene su apuesta por la mujer ministra (De Palacio y Pastor), sitúa el debate sobre el estado de la Nación en un punto ideal para su oratoria agresiva, directa y displicente, y deja a Rodríguez Zapatero en la necesidad de hacer un discurso a la defensiva, comparando su estrategia de piñón fijo con la de un presidente que se enroca cuantas veces sea necesario. No se puede hacer más con menos. Ni se puede dudar de que es el rey del mambo.