Podía producirnos risa, o asco, o incredulidad. Pero para eso tendríamos que darle alguna importancia a Democracia Galega, y suponer que detrás de la sigla DG había algo de entrega -equivocada o acertada- a la causa de Galicia. Pero el propio Marfany se encargó de aclarar que sus aspiraciones se reducían a la obtención de una minoría absoluta que le permitiese revalorizar el tinglado antes de vendérselo al PP, y por eso tengo que reconocer que su último lance político, mendigando las migajas de la mesa de Fraga, me produce una pena y una ternura infinitas, conectadas a un dramático juicio sobre la clase política que padecemos. La madera de los políticos se ve en la desgracia, cuando la fidelidad a la propia trayectoria -errores incluidos- se paga del bolsillo, y cuando el mantenimiento de la dignidad personal coincide con una paradójica pérdida de la consideración social y de todas las glorias del poder. De ahí que no haya nada más hermoso que un político aferrado a su derrota y a su destierro, poniendo distancia entre la conciencia y la historia, y convencido de que, antes o después, todas las aguas volverán a sus cauces. De la misma manera que no hay nada más lamentable que un político agarrado a un clavo ardiendo, pidiendo árnica al enemigo, tragándose sus discursos y su historia, y dejando claro cuál era el alcance de sus habilidades de Richelieu y Maquiavelo cocinadas a la gallega. Claro que ahora ya sabemos por qué fracasó el nacionalismo centrista. Porque, sobre el mal fado de haber nacido como una pura continuación de la UCD más conservadora y provinciana, y de haber sido incapaz de administrar la lotería electoral de 1985, y después de las desgracias que yo mismo le traje en 1989, con el cobarde remite de los que jugaron a favor de una Galicia sumisa, también tuvo que padecer la desgracia de unos dirigentes que siempre se salvaron de la quema a base de hacerle favores al enemigo. Primero fue Victorino Núñez, que pagó su entrada en el PP con el nombre de Franqueira. Después vino el pacto municipal de 1991, que liquidó el patrimonio que garantizaba la independencia de CG. Y finalmente llega este episodio chusco y dramático de Democracia Galega, que vende incluso los discursos, y, en vez de reconocer que no hemos sabido hacerlo, o no nos quiso la parroquia, salen al balcón a decir esa estupidez objetiva de que Fraga ya es nacionalista. Nada de eso. Fraga no es ni quiere ser nacionalista. Sólo es un político del PP --el fundador, para más señas- que nos ha barrido de la escena electoral y ha comprado baratísimas nuestras estructuras, nuestras ideas y nuestra gente, hasta el punto de que, si algún día regresa la oportunidad perdida, no va a quedar ni gente, ni nombre, ni dignidad, para subir a la palestra. ¿Y cómo se explica tanta desgracia? Porque una política hecha a base de hipotecas siempre acaba en manos de la banca. Así de sencillo. Así de agudo. Así de vergonzoso.