La decisión del juez Baltasar Garzón de hacer a Batasuna responsable civil solidaria de los daños provocados por la kale borroka ha abierto una puerta a la esperanza para quienes defendemos que a ETA y a su entorno hay que combatirlos con racionalidad, coherencia y cordura. Sin actitudes viscerales. Y sin perder la sensatez. Garzón ha sido y es uno de los jueces más polémicos de este difícil país. No se le perdona su paso por la política, su protagonismo, sus actuaciones sobre la corrupción, los GAL, cargos de Interior, Barrionuevo y Vera; ni el proceso contra Pinochet. Ni que haya sido «el poder» en la Justicia española. Ni sus, parece ser, desmesuradas aspiraciones políticas. Y, sin embargo, si no fuera por Garzón nos comerían las ratas. Nadaríamos en los desechos. Porque sólo él, de vez en cuando, nos libera de asistir impotentes a espectáculos que para la inmensa mayoría resultan incomprensibles. Su última decisión es ejemplar. A estos descerebrados les ha hecho más daño que todas las acometidas y estrategias de Aznar, Mayor Oreja, Zapatero, Redondo, Arzalluz y la Comisión Episcopal, juntos. Uno que ha tenido la oportunidad de hablar con el juez sobre la lucha contra el terrorismo ha visto cómo su obsesión es la de desmontar el entramado de la banda asesina. «Hay que atacar el entorno», repitió insistentemente. Y eso es lo que ha hecho siempre. Golpear donde más les duele. Y hace daño. Ha estado ingenioso el batasuno Otegi al asegurar que no reconoce el auto porque lo dicta un juez español. Le asiste la razón. Un juez muy español. De Jaén. Pero la dictó . Y hay que comerla. Y mientras se la meriendan, muchos mantenemos la esperanza de que, al menos alguien escape a la locura de dar palos de ciego, aprobar leyes de dudosa utilidad, encabezar manifestaciones, buscar enemigos donde no los hay y pronunciar discursos que no hacen más que avivar la discordia y la confrontación. Alguien, al menos, sabe lo que hay que hacer. Y lo está haciendo.