O Cabalo cayó de su pedestal. Albricias y maldiciones gritan los dos Ferroles, ya no de su excelencia como dicen que un conocido pintor dijo al anterior jefe del Estado cuando éste le preguntó al artista de dónde era: «Del Ferrol de Su Excelencia», con mayúsculas. Casi treinta años han tenido que transcurrir -casi como los de su ordeno y mando, no mandato- para meter el mastodonte de bronce «dentro», es decir, detrás de la muralla que sobrevive al muro de Berlín. Cualquier turista medio sabe de sobra que ni en Alemania ni en Italia ni siquiera en Rusia permanece en pie vestigio alguno de las cabalgadas totalitarias del malhadado siglo XX que acabamos de dejar atrás. Consecuencias, sin duda, de la vía española a la democracia, la Transición pasmo del mundo. Puede entenderse, lo entendemos cuantos vivimos la época, pero más de un cuarto de siglo después estas complacencias no se tenían en pie. Había que descabalgarlas y, aunque nos cueste creerlo, se han descabalgado. Pero «¿qué daño le hace a nadie el caballo?», oímos comentar a algunos jóvenes, tanto, que no lo reconocen como un caballo de la especie del de Atila.