TANNHÄUSER EN EL REAL

BLANCA RIESTRA

OPINIÓN

02 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Sí, lo confieso. Sufro un acceso de furor operístico veraniego. Tras las sesiones vespertinas de la Callas, ayer estuve en el gallinero del Real, viendo Tannhäuser. Dirigía Daniel Baremboin, recién llegado de la ópera de Berlín. Casi me muero. Yo soy wagneriana, para qué negarlo, me viene de familia. Mi abuelo era fanático, despreciaba el bel canto y sólo Wagner y Bach le parecían dignos de respeto. (Yo soy menos purista, a mí también me gusta la Traviata. Aunque comprendo que se trata de otra cosa). Tannhäuser fue mi primera ópera de Wagner, la primera que adquirí por un precio exorbitante a los dieciséis años, en una tienda de discos de vinilo en la Fuente de San Andrés. Por eso es mi ópera favorita y casi me la sé de memoria. Me gustan Tristán e Isolda y el Holandés Errante . Vi Rienzi en el Liceo el año pasado. Pero con Tannhäuser me subo por las paredes. Ayer el Teatro Real estaba lleno de un público solemne y circunspecto, un público wagneriano hasta la médula, es decir arisco, suicida, depravado, religioso en suma. Hasta el gallinero, normalmente revuelto, parecía un claustro. Eso es corriente. Recuerdo perfectamente haber visto en Zürich a una pareja de ancianos llorando como magdalenas la muerte de Tristán, como quien llora a un hijo. Cuando empezó la obertura casi nos derrumbamos de emoción, Baremboin estuvo espléndido y los violines arreciaban como en una lluvia de estrellas fugaces, pura pasión y pura tragedia y al mismo tiempo alegría desbordante. En el descanso, traspuestos, nos cruzamos con José Carlos Somoza que es otro fanático de Wagner. José Carlos estaba sentado en primer fila del patio de butacas con los fanáticos pudientes, casi encima de Baremboin, que de vez en cuando se volvía para reprenderlo. En los cuarenta y cinco minutos del primer descanso tuvimos tiempo para confesar desmelenados nuestro deseo incumplido de ir a Bayreuth cuando nuestras finanzas y el cielo nos lo permitan. ¡Ay cómo me gusta el maldito Wagner! El despótico, mujeriego, tramposo e impresentable que era Wagner. Ya sé que hasta fue mal poeta, pero siendo mal poeta resulta tan endemoniadamente bueno que da igual. Porque la perfección mata, sólo lo imperfecto está tocado a veces por el hado. Y Wagner es puro hado, puro Dios y puro demonio, belleza temblorosa de genio incómodo, humano, fieramente humano. Porque como dice Tannhäuser a Venus, que lo mantiene prisionero en las burbujeantes delicias de Venusberg, «deseo volver a la tierra, estoy cansado de gozar, no sólo quiero alegrías, también anhelo dolor. Déjame partir».