UNA MUERTE DIGNA

CARLOS GARCÍA BAYÓN

OPINIÓN

02 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

En los días románticos la máxima elegancia y compromiso social era la palidez con cipreses decorando el paisaje. Los físicos franceses adquirían sanguijuelas en las aldeas de Antela para succionar sangre humana y dejar los rostros blancos y cadavéricos. Los anélidos gallegos llegaron a saber francés y leer a Montaigne. Hoy, lo que en igual intensidad tiene pálidas, demacradas y necrológicas a muchas gentes de Europa, es la socialdemocracia, que apenas sobrevive por sus naciones y devociones. Tras la apoteosis centrista y derechista de Chirac, la socialdemocracia las está pasando canutas con este veterano y recita melancólicamente por los caminos los versos de José Ángel Valente que dicen: «Si hundo mi mano, extraigo/sombra,/si mis pulias,/noche, si mi palabra,/sed...». Chirac se ha convertido en una gigantesca sanguijuela rodeada de ejércitos y chupópteros, conspiradores. Nos pone a todos pálidos y linfáticos. Apenas son cinco las naciones en Occidente que siguen teniendo dioses, teólogos y creyentes socialdemócratas. Las otras apuntan con frenesí a opuestos nortes. Los que sobrevivimos ya sólo pedimos como Rilke una muerte digna, una muerte propia. Pero antes de morir comprobaremos que la sepultura está dispuesta, como la de Lázaro, para la resurrección.