Soy uno de esos españoles cansados de oír hablar de un lugar llamado Gibraltar como si el nombre de ese peñón guardase alguna clave de la integridad de nuestro sentimiento nacional, supuestamente zaherido. Estoy harto de oír argumentar al primer ministro Peter Caruana su orgullo de ser ciudadano de una colonia británica, sin mencionar jamás los intereses de otra índole que sustentan la vocación anglófona de su comunidad. Y todavía más hastiado estoy de que ni políticos españoles ni británicos le digan a este buen señor y a sus simpatizantes que, más allá de su querencia colonial, está la obligación de comportarse como una parte consecuente de la Unión Europea y no como un coto de privilegiados colonos con traza de paraíso fiscal, financiero, etcétera. Creo que los ministros Josep Piqué y Jack Straw hacen bien en buscar una salida a esta extemporánea situación que parece querer hundirse en las páginas de aventuras de Alejandro Dumas. Hay que llamar a las cosas por su nombre y deshacer la madeja de intereses tan sesudamente tejida. Porque ya basta de farsas. Que sean gibraltareños, pero no otras cosas que nada tienen que ver con las ciudadanías.