EL QUE CALLA, OTORGA

OPINIÓN

El problema no es que el Tribunal Penal Internacional (TPI) nazca débil como un niño, sin sede propia, sin códigos ni procedimientos adecuados, sin una Administración rodada y eficiente y sin unos precedentes que iluminen la práctica de una misión llena de aristas. Todas las instituciones nacen así, y en todas ellas se hace el descuento de ese tiempo que necesitan para madurar y hacer su rodaje. Lo malo es que este niño débil nace con una legitimidad cuestionada y un poder claramente mutilado, por lo que dificilmente va a librarse del sambenito de ser un instrumento al servicio de la gendarmería mundial, en la que mandan, más que nunca, los fuertes (Estados Unidos y sus aliados de la OTAN), los que legitiman a los fuertes (las democracias europeas), los que hacen tenaza con los fuertes (Rusia, Pakistán y algunos regímenes títeres), y los que tienen a Estados Unidos por el primo de Zumosol (Israel, Arabia Saudí, el nuevo régimen afgano y algunos reyezuelos estratégicamente situados). El mayor escollo del TPI es que el poder americano sólo actúa con reglas democráticas de fronteras adentro, o cuando la democracia no constituye un estorbo para su política exterior, y que toda la acción de intervención y pacificación desarrollada bajo el paraguas de los Estados Unidos se hace desde la convicción de que el mundo sólo puede ser gobernado desde la dictadura, con un presidente que legisla, ejecuta y juzga sin límites, que dice las cosas pensando sólo en sus ciudadanos, y que reclama patente de corso para sus tropas y aliados circunstaciales. El problema del TPI es que nace bajo la influencia astral del 11-S, cuando la seguridad de los ricos prima sobre el orden y la justicia del planeta, cuando muchos políticos han perdido la vergüenza de decir y hacer cosas hasta ahora inadmisibles, y cuando los dirigentes europeos se muestran más acomplejados frente al poder y al dinero del gigante americano. Por eso estamos viviendo días cruciales, en los que está en juego un orden mundial que huele a chamusco por todas partes. Porque si ahora se cede al chantaje de Bush, se pastelea con él, y se le reconoce cierta excepcionalidad penal a cambio de mantener su contribución a las misiones de paz, tardaremos muchos decenios e superar el daño moral que se quiere infringir al titubeante TPI, y habremos sentado las bases para que todo aquel que pueda ponga sus condiciones a un orden basado, al menos en teoría, en la búsqueda de la justicia. No se trata de hacer política utópica, ni de apearse del realismo imprescindible, ni de comulgar con las ruedas de molino de un mundo benéfico y no jerarquizado. Pero hay que saber que llegó la hora de decirle algunas cosas a Bush, y que, si Europa no lo hace al nivel que debe, de tú a tú, tendremos que prepararnos para una larga etapa de hierro en la política internacional. Callar ahora sería otorgar. Y eso es peor, quizá, que la guerra fría.