Unos sibaritas han puesto de moda el dorming , que consiste en comer no sentados a la mesa, como la urbanidad aconseja, sino echados en cómodos triclinios, al estilo de los patricios romanos. No sé lo que se podrá extender esta moda, practicable en los amplios espacios de un chalé de la Moraleja, pero imposible en los metros cuadrados de un piso de protección oficial. Que si ya es difícil ajustar en el comedor al padre, la madre, los retoños y a la abuela, sentados como Dios manda, para que no tropiecen con el televisor, figúrense ustedes lo que será disponer una chaise longe para cada uno de ellos. Pero la dichosa moda está ahí. Dicen, además, que la cosa ha de practicarse con una vestimenta floja y cómoda, y que uno ha de tenderse sobre almohadones de seda o terciopelo, preferentemente de color fucsia o naranja. Y que las viandas han de alcanzarse con elegantes adminículos ad hoc , no con vulgares tenedores, que romperían todo el charme de la sesión, sumiéndola en la ordinariez del comer menestral. Todo un revival psicodélico. Sin embargo, no me extraña, ahora que algún filósofo anda motejando por ahí de peligrosa patología toda crítica del elitismo, considerándola hija del «morboso igualitarismo» democrático.