EL SIGNO DE LA CRUZ

ANTONIO GONZÁLEZ

OPINIÓN

El signo de la cruz es el título de una antigua película, cuyo argumento era la persecución de los cristianos en la Roma de Nerón. Aquellos primeros visionarios de la religión cristiana sufrieron la brutal represión de un poder basado en el nepotismo y en el culto a los dioses de conveniencia. Veinte siglos más tarde, en el País Vasco, también se persigue a los que no profesan los postulados nacionalistas de un sector que, desde el poder, también rinde culto a una religión de conveniencia. Resulta paradójico que en una hipotética nueva versión de El signo de la cruz , son ciertos cristianos de aquella región, muy devotos y creyentes, de esos que se beben el agua bendita, influyentes y generalmente bien instalados y bien comidos, etcétera, quienes justifican y hasta animan a los verdugos de la libertad en la persecución y muerte de los que no comulgan -en el doble sentido- con sus paranoicos sueños de independencia. Entre esos privilegiados fariseos se encuentra cómodamente instalado un clero que toma partido, de manera descarada, por la clase privilegiada. La reciente pastoral-manifiesto ( papelucho le llama Fraga) de los cuatro obispos vascos es, por ahora, el último episodio de tan ejemplarizante comportamiento cristiano. Mal asunto para la credibilidad de una iglesia que pretende recuperar o al menos mantener su prestigio y respeto en una sociedad cada vez menos confesional. Y aunque no es prudente generalizar, el pronóstico del conflicto entre el poder político, legítimamente refrendado por los españoles y la autoridad eclesiástica vasca que, con su manifiesto, se ha metido en camisa de once varas, no es en absoluto favorable para la buena imagen de esa iglesia que, sin embargo, en otras instancias, ofrece admirables ejemplos de solidaridad y de compromiso con la sociedad en la que ejerce su ministerio. La antítesis de esos obispos vascos, herederos de aquellos curas trabucaires , son esos cientos de anónimos sacerdotes de iglesias-barracón, que ejercen sus buenos oficios en barriadas conflictivas y marginales; como también merecen admiración las abnegadas monjas que cuidan enfermos o ancianos y los heroicos misioneros que se juegan la vida en los confines del mundo más atrasado y hostil. Todos ellos son dignísimos ejemplos, merecedores de llevar en sus pechos el signo de la cruz como una credencial de legitimidad. Es en este aspecto positivo donde parece oportuno recordar, por su profundo simbolismo humano, el reciente ejemplo del párroco de El Espinar, un pueblo de la provincia de Segovia, quien, como sin duda ya conocen los lectores, ha adoptado un niño bielorruso al cabo de una compleja peripecia burocrática y sentimental digna -ya que estamos utilizando el símil del cine- de una nueva versión de Marcelino, pan y vino . Edificio en pie Comentaba uno de esos sacerdotes pragmáticos y ejemplares que la infalibilidad y fortaleza de la iglesia católica se demuestra porque, desde que Pedro se instaló en Roma, todos los curas han tratado de derribarla con sus malos ejemplos y, sin embargo, aun sigue en pie. Cabría añadir que ni siquiera los obispos vascos pueden arañar sus cimientos. El episodio de estos obispos es el negativo de ese otro sacerdote que ha elegido el destino de ser padre y brindar seguridad y amor a un niño maltratado por la vida. Esos obispos y este cura, aunque parezca mentira, pertenecen a un mismo cuerpo y para quienes creen en los milagros, el admirable ejemplo del párroco de El Espinar ha sido providencial para neutralizar, en cierto modo, el grave pecado de los jerarcas vascos, lo que viene a demostrar que en materia de categoría humana, lo de menos son los galones. Pero bajemos del púlpito y dejemos a un lado, con absoluta indiferencia, a los obispos en cuestión. Allá ellos con su conciencia. En estos momentos, lo que interesa es reivindicar el buen uso del signo de la cruz. La cruz es también una letra X, un signo que se utiliza en los casilleros burocráticos como respuesta a algo. Pues bien, ahora que los ciudadanos, al efectuar la declaración de la renta, tienen ocasión de poner una de esas X en el apartado de aportaciones a la iglesia o a obras sociales, se presenta la duda de favorecer o castigar a una iglesia en la que están los obispos vascos pero en la que también están los demás curas ejemplares. Es de temer que en esta ocasión salgan perdiendo los buenos. Otra cosa sería si el impreso administrativo permitiera cualificar el destino de la aportación y que el contribuyente pudiera, por ejemplo, apostillar: «Que esta donación sea para que el párroco de El Espinar pueda cuidar a su hijo...». Entonces no cabe duda de que, incluso muchos no creyentes, destinarían su aportación a ese sector de la iglesia ejemplar. Esto es una hipótesis. Sin embargo, sería una hermosa manera de premiar a los que realmente lo merecen. Si así fuera, el signo de la cruz recobraría su respetable significado.