En lo alto de su carrera literaria, Mario Vargas Llosa, con La fiesta del chivo, se somete a un rito afrontado por los escritores latinoamericanos deseosos de exorcizar su pasado y preocupados por el porvenir del continente: la novela de dictadores. Las primeras dictaduras de América Latina surgen después de la Independencia. Argentina conoció un nacimiento difícil con Rosas, fruto podrido de la división entre unitarios y federalistas. Esteban Echeverría describe en El Matadero (1838-1840), la naturaleza y el aspecto étnico y geográfico del Buenos Aires sometido a la tiranía. Y en 1851 el también argentino José Mármol, con Amalia, insiste en la crueldad del mismo Rosas. De modo que el género ya existía antes de Tirano Banderas , del gallego Valle-Inclán, novela que se sitúa en un mundo imaginario en el que resume la geografía americana y combina particularidades lingüísticas, y caracteres de diferentes países. Pero sus fuentes son ante todo mexicanas: la acción se sitúa en Tierra Caliente; la prisión que describe es el castillo de San Juan de Ulúa y el embajador de España, así como su consejero Roque de Cepeda, son caricatures de auténticos diplomáticos residentes en México. También es una fusión de sátrapas la figura de Santos Banderas, indio sanguinario y taciturno que, según su propia confesión «no cree ni en las virtudes ni en las capacidades de su raza». El tirano Banderas hace pensar en Miguel Primo de Rivera (1923-1930), pues para Valle Inclán las dictaduras latinoamericanas son una herencia más de la conquista. A partir de ahí, ninguna obra de este nuevo género ignoraría los cánones establecidos por Valle. Sin embargo, es en Señor presidente (1944) del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, donde se encuentran los rasgos más notables tomados de Valle-Inclán. Cuando era estudiante, Asturias participó en la lucha pacífica contra el dictador Estrada Cabrera (1857-1924). El distanciamiento en el tiempo y en el espacio hace que, al alejarse de los hechos, se separe del documental, huya del realismo, lo deforme y lo exagere hasta llegar a lo que él denomina la dimensión biológica del lenguaje . Desde entonces, una imaginación desbordante y la presencia ritual de los mitos indígenas forman parte de la literatura latinoamericana, creando el género llamado real maravilloso o realismo mágico . José Gaspar Rodríguez de Francia, futuro héroe de Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos, fue un Robespierre del nuevo continente. Hasta 1840 trata de aplicar sus ideas por medios a veces censurables. No obstante, preserva la independencia de su país. Fue un santo laico para muchos paraguayos, aunque Simón Bolívar tratase de organizar una expedición para «liberarse de ese monstruo». Al cabo de la lectura surge une pregunta: ¿Puede un gobernante que goce de poder absoluto escapar a la corrupción que engendra el poder? Esta es la pregunta que plantea García Márquez en El otoño del Patriarca (1975), y en ambos casos, desde puntos de vista, técnica y perspectivas diferentes, la contestación llega en forma de metáfora: la desintegración física del dictador, que se acentúa al final de su mandato y de su vida. Tras esa figura legendaria en la cual García Márquez compendia al argentino Rosas, al general Franco y a Pinochet, se esconde una monstruosidad relatada con una retórica igualmente monstruosa, en la cual los meandros de la sintaxis ayudan a disimular la verdad misma del relato: el dictador no ha existido sino en un laberinto de frases constantemente repetidas y nunca verificadas. En El recurso del método (1974), Alejo Carpentier también analiza el discurso del autócrata, la incertidumbre del déspota, quien al alba es incapaz de distinguir el sueño de la realidad. Lo cual simboliza la irrealidad de un país, producto de las ilusiones del propio dictador. Este personaje podría ser uno de los mitos de América Latina, en el que se reflejan todos los conflictos históricos, sociales y culturales del hemisferio, «una historia que se repite, se muerde el rabo, se traga a sí misma y cada vez se inmoviliza».