Gracias a Dios, todavía nos queda un político romántico. Y además, como dice el tópico, es político de raza : Álvarez Cascos. Es la única voz que se atreve a discrepar dentro del PP, y lo hace siempre a impulsos de honradez y corazón. Si cree que Aznar debe seguir, lo confiesa. Si piensa que la fusión digital contradice el programa electoral, lo proclama. Y ahora no le gusta que se hagan encuestas para elegir candidatos municipales. Por ese camino, dijo, el partido terminará encargando su programa a un gabinete de estudios. No le falta razón. Lo que ocurre es que las encuestas son como la globalización: feas, odiosas, pero inevitables. A veces suplantan la voluntad de los políticos, les quitan iniciativa y les hacen renunciar a sus ideas, pero tienen el inmenso valor democrático de recoger el sentir del pueblo. Estamos en un tiempo donde las naciones son gobernadas a base de sondeos. Ningún líder hace una propuesta sin saber antes si existe consenso social suficiente, y ese consenso lo mide la llamada mercadotecnia . Por eso, a veces da la impresión de que las grandes decisiones no son del Consejo de Ministros, sino del Centro de Investigaciones Sociológicas. Ahora bien: ¿una encuesta puede sustituir al partido a la hora de designar candidatos? Evidentemente, no. El sondeo no puede medir la lealtad, ni la capacidad de gestión, ni la preparación de un candidato. Pero es un instrumento, un complemento de la voluntad política. Negarse a usarlo sería como negarse a usar la informática, simplemente porque el trabajo manual es más auténtico. El sistema criticado por Cascos vale para saber si un alcalde está tan quemado como dicen los taxistas y los guardias. Vale para despejar dudas sobre un personaje nuevo. Y vale para no estrellarse en las urnas. Paco Vázquez no necesita ser encuestado. Pero, en ciudades como Madrid, miren ustedes: yo, político, no me atrevería a mantener a Alvarez del Manzano sin una mínima consulta. Porque sigue siendo suicida tirarse a la piscina sin saber si tiene agua.