El anglicismo doping surge en 1889, en la prensa norteamericana, que alude a una mezcla de opio y narcóticos para caballos, para, más tarde, ser utilizado de forma genérica, hasta que la Real Academia Española incorporó el uso de los vocablos dopaje y dopar . Este concepto ha evolucionado, desde los años 40, originando distintas definiciones oficiales, como las del Comité Olímpico Internacional o el Consejo de Europa. El dopaje consiste en el incremento artificial del rendimiento deportivo, mediante métodos o sustancias prohibidas. Desde la noche de los tiempos, el ser humano se ha servido de pócimas y brebajes para aumentar su poder físico, indispensable en la caza o la guerra, incluso formando parte de ritos de magia y brujería. El deporte no ha sido ajeno al empleo de las drogas, habiendo antecedentes en la Grecia clásica, en la que los corredores de fondo tomaban plantas cocidas. El Consejo de Europa impulsa el Convenio contra el Dopaje Deportivo, firmado por España en 1989 que inspirará la ley del deporte de 1990, en la que se crea la Comisión Nacional Antidopaje y, anualmente, el BOE publica la lista de sustancias y método prohibidos. Se pretende salvaguardar unos bienes jurídicos protegidos, la salud del deportista y el principio de igualdad en la competición, y actualmente, se trabaja en la armonización de un marco legal en el ámbito europeo. En busca de controles más seguros, se empieza a utilizar el análisis de sangre, que proporciona mayor fiabilidad. No se debe obviar que el dopaje es provocado, en parte, por las elevadas exigencias de rendimiento del entrenamiento y la competición, inmersa en un proceso de mercantilización creciente, a fin de poder superar las marcas que representan el éxito económico y social. Para enviar preguntas: que.es@lavoz.es