Me levanté al alba a leer los periódicos. Quería saber a quién proclamaban vencedor del combate del 20-J. Quería saber quién había mentido más: el Gobierno, los sindicatos o los telediarios. Y, ¡oh, decepción!, la prensa sólo aumentaba mis dudas. Pocas veces me sentí más tendenciosamente informado, más manipulado. Me acordé de mi pueblo, donde sabían poco de periodismo, pero siempre decían: «O xornal tén conta do que lle poñen». Y pensé: si hoy hubiera una guerra civil, no sabríamos quién la ha ganado. Los diarios de fama aznarista estaban entusiasmados. Para ellos, el presidente era un San Jorge que pisaba las dos cabezas del dragón sindical. Había conjurado los maleficios de la huelga. Había salvado a España de tanto irresponsable suelto. La buena gente, trabajadora y agradecida, no había escuchado a las sirenas que la querían desestabilizar, ahora que se había creado tanto empleo. Y además, había un demonio: un tal Rodríguez Zapatero, auténtico perdedor de la huelga. Todos esos periódicos parecían haberse puesto de acuerdo: Zapatero es el malo. Ya no tiene nada que hacer. Frente a esa visión, los escasos periódicos con fama de pro-socialistas, habían estado en otra huelga y otro país. ¡Qué enorme éxito sindical! ¡Qué gran partido han jugado! ¡Y qué mal encajan los gobernantes estas lecciones del pueblo! El Gobierno es un vulgar manipulador. Los sindicatos, con un comportamiento ejemplar, le han dado en la cresta. De forma civilizada, ordenada, respetuosa, incluso culta, le enseñaron cómo hay que gobernar. Y por último, encontré una zona templada de diarios. Son los que, al parecer, no reciben inspiraciones divinas. Y hablaban de seguimiento desigual, supongo que les suena. En la guerra de cifras, optaron por la realidad y dijeron dónde el paro había sido masivo y dónde había fracasado. Pero eso, Dios mío, no se lleva en la España actual. En la España de hoy, la neutralidad parece marginal. La objetividad es condenable. La honradez es tibieza. Y la tibieza, casi una traición.