La idea resultó bastante genial. Se trataba de encontrar a una persona que no se pareciera en nada al tipo de dirigente que Francia ha tenido siempre, desde que empezó la V República en 1958. Esos empollones salidos de la Escuela Nacional de Administración (ENA), sabelotodos, dotados de mil y un diplomas, pozos de ciencias económicas, políticas y sociales, sabedores al dedillo de todos los porcentajes habidos y por haber en las materias más abstractas pero desconocedores de la realidad cotidiana más sencilla (¿cuánto vale un billete de metro?, ¿cuánto cuesta una barra de pan?). Entre esa suerte de dirigentes -los enarcas- , todos los partidos, en nombre de la eficacia, han escogido hasta ahora a sus primeros ministros, tanto la izquierda (Laurent Fabius, Lionel Jospin) como la derecha (Edouard Balladur, Alain Juppé). Así que los ciudadanos han ido tomándoles, a estos cabezas de huevo como les llaman aquí, una especie de tirria portentosa. El colmo fue quizá lo que pasó con Jospin, jefe de la izquierda durante cinco años, pero incapaz de hablarle al pueblo y a los trabajadores (palabras que nunca pronunció) más que en jerga administrativo-burocrática con una carga soporífera de dimensión nuclear. De ahí la idea del presidente Chirac. Apenas fue elegido, el 5 de mayo pasado (con un porcentaje de votos -¡82%!- de tipo soviético) que decidió cambiar, por primera vez, el reparto. Todos los que preveían el nombramiento tradicional de un enarca -de nuevo Alain Juppé u otro joven ambicioso como Nicholas Sarkozy- se equivocaron. Durante su difícil campaña electoral, Chirac había recorrido toda Francia y descubierto algunos líderes locales, bien arraigados en su terruño, relativamente desconocidos en París pero que poseían ese rasgo provincial, modesto, gris que en este momento histórico que vive Francia, frente a la hartura de lo hipersofisticado, puede pasar por el rasgo de lo auténtico. Entre esos líderes opacos, tan aparentemente mediocres como pueden serlo algunos personajes secundarios de una novela de Balzac, eligió a Jean-Pierre Raffarin. Los comentaristas se quedaron sin habla. Porque nadie es tan liso, tan suave, tan mediano, tan desprovisto de asperidades como este señor Raffarin. Es la encarnación del francés medio tal como un caricaturista sin imaginación lo podría representar. Ni siquiera es gaullista, sino que viene de la derecha liberal y se siente (modesto) continuador de las ideas del ex-presidente Valéry Giscard d¿Estaing. Lo genial de la decisión de Chirac está en que no sólo sorprendió a todo el mundo sino que también supo reentroncar con una tradición perdida de la política francesa recordando que dos de los líderes más populares que ha tenido este país desde el final de la segunda guerra mundial, en 1945, fueron Antoine Pinay y Georges Pompidou. Dos personalidades desconocidas hasta el momento de su nombramiento, y las dos con profundas raíces provinciales. Aunque de perfil bajo, Raffarin no parece ser un ingenuo en política ni mucho menos. Primero hay que recordar que viene del sector de la comunicación y que durante mucho tiempo trabajó como experto en publicidad y marketing político en uno de los gabinetes de comunicación más prestigiosos de París. Desde su nombramiento, Raffarin ha conseguido imponer una serie de palabras y de expresiones que pertenecen a su vocabulario y que hoy repiten hasta la saciedad todos los medios.Por ejemplo, la Francia de abajo para designar a las clases medias y a los pobres, por oposicion a la Francia de arriba , la de los ricos. Palabras como proximidad, gobierno de proximidad, ministros de proximidad, policía de proximidad , etcétera. Términos como modesto, prudente, precaución ... El objetivo es indicarle a la sociedad que el nuevo primer ministro no es arrogante, no desprecia a la gente, no se considera un triunfador o un vencedor... No sólo la derrota del arrogante Lionel Jospin, que se consideraba ya como presidente electo antes de la primera vuelta de las elecciones, le ha servido a Raffarin de lección, sino también la derrota humillante del equipo francés de fútbol que se marchó a Asia dispuesto a cumplir una simple formalidad, tan confiado estaba en su victoria ineluctable. Con esos métodos de modestia, prudencia y precaución, el astuto Raffarin ha ganado de manera aplastante las recientes elecciones legislativas. La derecha dispone ahora de todos los mandos durante cinco años. No habrá disculpa de ningún tipo si no cambian las cosas. Y una simple argucia de comunicación no será esta vez suficiente para consolar a los revoltosos franceses...