Todos estamos a la espera de lo que diga el Tribunal Supremo sobre los servicios mínimos. Mientras llega, la actualidad ha servido un apasionante protagonista: don Emilio Ybarra, que ayer declaró ante el juez Garzón. Mucho me temo que acaba de dar un paso decisivo hacia su procesamiento. Quizá, incluso, hacia la cárcel. Ha confesado que es suya toda la responsabilidad de las cuentas secretas. Al lado de esto, los detalles paralelos más morbosos, como el momento en que informó a Francisco González, son menores. Provocarán un careo entre ambos, pero son pequeños al lado de la responsabilidad confesada en evasión de capitales, fraude y todos los delitos que el instructor quiera añadir. Emilio Ybarra, ayer todopoderoso, es hoy un hombre cazado. El caso es que las cuentas han sido bien gestionadas. Fueron un gran negocio para el banco, porque empezaron en 7.000 millones de pesetas, y terminaron en 34.000. Pero, claro: no se juzga una gestión bancaria. Se juzga un comportamiento ilícito. Todas las personas con quienes hablé dicen lo mismo: Emilio Ybarra no es un ladrón. No se ha llevado una peseta para su bolsillo. No es Mario Conde. Entonces, ¿por qué creó esas cuentas? ¿Por qué llevó a paraísos fiscales tanto dinero? ¿Por qué metió en esas redes a personajes limpios como Plácido Arango, que ahora se enfrentan a un delito fiscal? ¿Por qué utilizó esa vía para pagar a consejeros? Sólo hay una explicación: Ybarra ha querido comprar voluntades y amarrarlas con la cuerda del dinero negro. Y ha caído. Un hombre de Chantada seguro de sí mismo, que sabe dónde empieza el delito, lo llevó al precipicio. Desde ayer, Ybarra es procesable. Pero la cárcel no sería la peor condena. La peor condena ya la pasó. Fue el día que entró en un restaurante de Las Arenas en Bilbao, y todos los comensales se pusieron a golpear platos y mesas con sus tenedores. Antes de ser procesado, fue declarado persona non grata por los suyos. Y eso, para el apellido más ilustre de Neguri, es peor que una condena de prisión.