Hace hoy 25 años, los españoles celebramos la primera gran fiesta de la democracia. Las primeras elecciones libres, tras una larga etapa de absoluta oscuridad. Todos hemos rememorado en los últimos días aquella jornada. Llena de temores y desconfianzas. Pero también repleta de ilusión. Un cuarto de siglo después, España ha logrado consolidar su sistema democrático. Formar parte de la UE. Y alcanzar la libertad plena. No ha sido un viaje fácil. En él quedaron cientos de personas que no lograron superar la intolerancia de unos pocos. Adolfo Suárez, entonces presidente de Gobierno, acaba de hacer un balance tan breve como acertado: «Fue el resultado de un esfuerzo común». Ahora, 25 años después, y al tiempo que echamos la vista atrás, y vemos que sólo cabe enorgullecernos por lo conseguido, es también momento de reconocer que aún tenemos sombras que conviene disipar. Y algunas que comienzan a ser preocupantes porque se han acrecentado, y que deben de obligarnos a una reflexión. Entre esas asignaturas, todavía hemos de superar las de la intolerancia, falta de diálogo, las de la descalificación permanente. Las de la cerrazón, prepotencia, desconsideración y ciertos talantes autoritarios. A la democracia hay que alimentarla todos los días. Con voluntad de entendimiento. Con diálogo. Con tolerancia. Y en los últimos tiempos se nos ha escapado una parte importante de esa capacidad de entendernos civilizadamente. Se nos está escapando el respeto a las ideas no compartidas. Y ahí radica la tolerancia. Radica el éxito de nuestro sistema. Lo contrario se llama fanatismo. Y este viaje no hubiera sido posible con actitudes como las que contemplamos en los últimos tiempos. Por eso, hoy seguimos necesitando de ese esfuerzo común al que se refería el ex-presidente Suárez. Porque sigue siendo imprescindible. Para que dentro de otros 25 años podamos hacer un balance tan positivo como el que hoy hacemos.