La II Cumbre sobre el Hambre, que se celebró hasta ayer en Roma, se me antoja más como unas jornadas encargadas de aliviar las conciencias del mundo rico que de paliar el hambre del mundo pobre. Me pregunto cómo es posible que no nos inmutemos ante la certeza de que 800 millones de personas estén padeciendo hambre en nuestro planeta. Nuestras políticas comerciales, las barreras que ponemos a sus importaciones, son las que están masacrando los países subdesarrollados. Pero seamos sinceros, a los que por puro azar hemos nacido en la zona de la abundancia, nos toca un pie que haya niños que se mueran de hambre en un lejano Tercer Mundo. Ponemos cara de compungidos cuando los vemos por televisión comidos por las moscas y pensamos que qué lástima que no esté a nuestro alcance hacer nada, y enseguida a otra cosa, mariposa. La Cumbre contra el Hambre ha sido una farsa donde se ha renovado la intención de 1996 de reducir el hambre en el mundo a la mitad, intención que volverá a quedarse en palabras. Baste decir, para ver el escaso interés que tenemos los ricos en poner fin a la lacra del hambre, que a la Cumbre sólo han acudido dos líderes de países desarrollados: Aznar y Berlusconi. Por cierto que Berlusconi adelantó dos horas la clausura para no perderse el partido Italia-México.