Soy un dinosaurio. Lo ha dicho el presidente Fraga. Todos los opositores a las centrales nucleares son unos dinosaurios. Y a mí, la verdad, me aterra la posibilidad de pensar que Galicia tenga una de ellas. Así que lo asumo. Las palabras de Fraga de que los detractores nucleares somos unos «hombres dinosaurios equivalentes a los de la prehistoria» hay que aceptarlas con entereza. Con el mismo talante con el que se acepta una sequía o una inundación. Igual que se soporta una catástrofe. Por eso, y aunque sólo sea para no volver a contrariar a nuestro presidente, comparto la defensa que acaba de hacer del conselleiro Cuiña. Fraga ha dicho que resulta muy cómodo hablar del feísmo urbanístico y decir que no se hace nada y cuando se actúa, pensar que Cuíña se está ganando la sucesión. Llevamos tiempo denunciando que el paisaje gallego agoniza. Que Galicia presenta un inagotable catálogo de destrozos urbanísticos. Que hemos superado ampliamente todos los records previsibles de destrucción. Y cuando el conselleiro se decide, al fin, a suspender las normas urbanísticas de Teo, Oroso, Ponteareas y O Grove, y anuncia nuevas actuaciones, arremetemos contra la decisión y nos ponemos a hablar de sucesión, de intereses, de afinidades políticas y del poder de los constructores. En definitiva, dudamos que se trate de una actuación sincera. Quienes ahora torticeramente buscan descalificar la actuaciones del titular de Política Territorial, parecen más interesados en encontrar argumentos para la sospecha que en que Galicia supere una de sus más lamentables asignaturas. Si todos estamos de acuerdo en poner fin a esta situación, en que hay que salvar a Galicia del feísmo que la corroe, no parece oportuno recurrir a las desconfianzas. Es más. Lo que hay que exigir es que las suspensiones lleguen como un torrente. Que no se queden en cuatro. Ni en cuarenta. Que de una vez por todas se afronte con todas las consecuencias.