08 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Robert Mueller al frente del FBI y Tom Ridge como coordinador de este organismo con la CIA, tienen el encargo de Bush de contrarrestar el desastre producido por los fallos de previsión del 11-S. Preocupa imaginar cómo se adaptarán los servicios de inteligencia norteamericanos a un nuevo tiempo en que la seguridad devino en algo inaprensible, tal y como indicaba recientemente en Vigo el experto en bioterrorismo, Enrique Lecourt, al recordar que las armas bacteriológicas son baratas y fáciles de fabricar por lo que ya se producen en más de veinte países como Libia, Corea, Irán, Irak, USA, Reino Unido o Rusia. La mera enumeración asusta y alerta sobre un peligro real ante el uso que les puedan dar países que tienen en común una visión fundamentalista de la política desde posiciones extremadamente opuestas del arco ideológico. España también recompone sus servicios secretos. Jorge Dezcallar, nuevo director general de la CNI (central nacional de inteligencia, ex-CESID), juzga que el 11-S dejó obsoletos los métodos de prevención antiterroristas y abrió una etapa de vulnerabilidad, afirmando que no es posible vigilarlo todo al mismo tiempo porque haría realidad la predicción orweliana de un gran hermano omnipresente-omnisciente y porque haría de la democracia la primera víctima del terrorismo. Claro que, al mismo tiempo, reclama «flexibilidad ante los imprevistos», y eso ya sabemos lo que significa. En un mundo donde ficción y realidad se entrecruzan permanentemente y donde las imágenes que percibe el público se manejan según la voluntad del poder, podríamos recuperar algunos de nuestros mitos icónicos para abordar con imaginación las cuestiones de inteligencia . Por ejemplo, frente al tamdem Mueller-Ridge de Bush ¿qué tal Mulder y Scully para despejar todas las incógnitas de los expedientes sepultados por el FBI y Mortadelo y Filemón para resucitar a su heterodoxa T.I.A. en lugar de la vieja y corrupta CIA?