Parece que a partir de cierta edad el estado natural del ser humano se aproxima a la tristeza. Se supone que el propio peso de la vida, o más bien la idea de pérdida que uno va acumulando con el paso de los años son los causantes. No en vano, se afirma, lo primero de lo que cada cual tiene conciencia suele coincidir con la muerte de algún ser próximo y querido. Siempre hay alguien que es el primer eslabón doloroso en la larga cadena de pérdidas que cada uno de nosotros ha de llevar como mejor pueda. Y peor es aún la confirmación de la brevedad de la vida que se nos acaba imponiendo. Por muy larga, llena y satisfactoria que sea la vida de cada cual, siempre se nos antoja corta e insuficiente. Esto es lo que, según los filósofos, lleva al hombre a un terreno equidistante entre la tristeza y la melancolía. El lugar, por otra parte, donde brota el manantial del que ha bebido la mayor parte de los poetas de valía. Toda esta teoría filosófica la repasaba ya hace unos domingos, en un pueblo cercano, mientras comía en un restaurante ocupado casi en su totalidad por los invitados a una Primera Comunión, desconocidos todos para mí. Era de una niña, vestida de blanco y sentada en el medio de sus amigas y amigos. En las mesas contiguas, los mayores: padres, familiares y amigos de la familia, supongo; gente sencilla, vestida como para una boda. Los adultos triplican en número a los niños. Mientras estos ríen por cualquier cosa, juegan, se pelean, beben refrescos y no comen nada, los mayores apenas hablan, dan buena cuenta del marisco que les sirven y beben seguramente para animarse a una conversación llevada con monosílabos. La seriedad vital de los adultos contrasta con la alegría inquieta de los niños. La de aquellos se refleja en sus rostros y en su parsimonia; la alegría de los segundos, en sus ojos y en sus voces dicharacheras. Seguramente este es el estado natural del niño hasta que la vida le empieza a hurtar esa sensación de tranquilidad que da la inocencia y el desconocimiento. Es decir, antes de convertirse en adulto. Pesadez mental Salí de aquel restaurante con una sensación de pesadez, más mental que física. Pero no tanto por la densidad de lo pensado, sino porque había, además, algo en todo aquello que no encajaba bien, que resultaba forzado. Frente a la espontaneidad de los niños, el envaramiento de los mayores y la poca conexión con aquellos. A falta de otras consideraciones podrían tener, por ejemplo, la de no fumar unos puros contundentes o la de renunciar a unas copas generosas, como ejemplo y homenaje a la niña y a sus invitados. Pero este domingo comprendí que la reflexión que me suscitó aquella celebración del restaurante se encamina más hacia la sociología que hacia la filosofía. En mi pueblo, unos vecinos celebraban también la Primera Comunión de su hijo. La comida y la fiesta las hicieron en casa, con la familia y amigos. Yo me enteré por la algarabía de los niños que jugaban en la huerta colindante. Y, un poco más tarde, por las voces y los acordes de unas canciones entonadas por los mayores. Cada uno a lo suyo, con comodidad y sin envaramiento. Quedé muy satisfecho. Me olvidé de teorías filosóficas y celebré la sensatez y el sentido común de la gente.