Algunos escritores (escritoras, mayormente) han empezado a reivindicar la frivolidad como una expresión positiva en la comunicación actual. ¡Como si semejante epidemia precisase de un nuevo impulso para anegar más extensa y despiadadamente nuestra realidad cotidiana! Sin duda la reivindicación no pretende ir más allá de una ironía camuflada de provocación, pero hay armas que las carga el diablo. El diccionario de la Real Academia Española define frívolo como ligero, veleidoso, insustancial. ¿Es la ligereza, la veleidad y la insustancialidad lo que hay que reivindicar para que nuestro mundo vaya mejor? Si es así, no hace falta un gran esfuerzo: basta con echar un vistazo alrededor para comprobar que vamos por el buen camino, con nuestros grandes líderes mediáticos a la cabeza. Intelectuales como Ortega, Unamuno o Buero Vallejo atacaron este mal como una plaga ante la que no deben caber complacencias. Frívolo no es lo contrario de triste o aburrido, como mal entienden algunos. Es lo contrario de serio, de profundo, de importante, que es muy distinto. Alterar su sentido sí que es una frivolidad inaceptable.