Es la frase más repetida por comentaristas, tertulianos y animadores de radio y televisión en los últimos años. Nos hemos acostumbrado a un chauvinismo de andar por casa consistente en vender la piel del oso antes de matarlo y así nos luce el pelo. Da igual que sea una final de tenis parisino del Roland Garros, con ministro en el palco, que la etapa reina del Tour. Es indistinto que sea una nominación de los oscars o la hazaña dopante de un esquiador alemán en las olimpiadas de invierno con prevista recepción real, que damos como ganadores, proclamamos, jaleamos y pre-felicitamos a los supuestos héroes antes de que batan al contrario en la pista de tierra batida, coronen la cima y ganen la etapa o se alcen con la estatuilla del tío Oscar. Después, inmediatamente después, vendrá el no pudo ser, que últimamente más parece un estribillo de nuestras frustraciones deportivo/culturales que otra cosa. En estos días posteurovisivos la dichosa frase fue repetida hasta la saciedad, parecía estar puesta en un lapidario cincelado en el frontispicio de todos lo males patrios. Una vez más no pudo ser. Aunque en realidad lo que ya no puede ser es el papanatismo triunfalista de que hacemos gala, el patrioterismo de sainete, el infantilismo mediático y dirigido que está consiguiendo altas cotas de alienación entre los ciudadanos de buena fe. Hace ya muchos años que, con el franquismo, asistíamos radio mediante y NO-DO a posteriori, a las gestas épicas de Bahamontes o Santana que el régimen de entonces, convertía en referencias propagandísticas de la autoestima colectiva en un país todavía a medio hacer y carente de las libertades básicas. Nuestro fútbol autóctono y abnegado, con una simbólica cuota de jugadores extranjeros ganaba partidos en los campos de Europa y España restablecía así su frágil imagen en el exterior, Pero con la democracia creció el chauvinismo y cuando creíamos que éramos un país serio, que planificaba los triunfos olímpicos a partir de los juegos de Barcelona, hemos vuelto a las andadas y otra vez, la enésima, al no pudo ser. Estamos en los inicios de un importante evento deportivo, que por varias semanas va a paralizar la vida, al menos durante noventa minutos, en los cinco continentes. El deporte más popular, desde Corea y Japón encenderá, como siempre, las pasiones nacionales. Y España, que nunca llegó en los últimos cincuenta años a una semifinal, seguirá en las primeras fases, apelando a la furia española que tanto daño nos ha hecho, asegurando que, pese a todo, somos los más grandes y los mejores y que otra vez será si es que esta vez no pudo ser. El bochornoso espectáculo y la desmedida reacción colectiva que supuso el séptimo puesto alcanzado en un rancio festival de Eurovisión, volvió a ruborizarnos cuando creíamos haber superado ese síndrome. España entera, la sociedad española más generosa e ingenua, fue una operación fracaso no prevista cuando todo indicaba el broche de oro que iba a consolidar, para las generaciones venideras, a los chicos de la Operación Triunfo tan alegres y confiados. Y hasta Rosa López de Armilla balbuceó como tesis definitiva un televisivo viva España que sonó como si de nuevo perdiéramos Cuba y Filipinas, y todo porque, otra vez, no pudo ser.