Hace meses decía en esta columna que si los fundadores de Europa levantasen la cabeza preguntarían qué se hizo de sus valientes y vigorosas ideas teñidas de sentimiento político en contraste con la actual metafísica comercial de la Comisión y sus dirigentes. Aspiraban a una verdadera integración, aún sabiendo que llevaría tiempo, porque los molinos de la historia, como escribió Ortega, «muelen muy lentamente». Hoy sopla un aire de aburrida fatalidad. Bélgica, que da la pauta, ha sido siempre un sombrío crepúsculo. El temor, pero también la esperanza europea, estaban puestos en el sur, en España incluso, novata en el concierto, pero capaz de aportar algo de corazón a la causa común. Sin embargo, no está siendo así. Nuestro turno presidencial se orienta no a reforzar la Unión política europea, sino a los Estados miembros. Y también a aprovechar la posición de privilegio para encauzar problemas internos, ya sea el terrorismo o el aburrido contencioso de Gibraltar. Nos hemos sentado al almuerzo sin alma de los vecinos, mientras aplicamos en casa una política adormecedora, reviviendo eventos televisivos de gusto pretérito, que exportamos a Europa poniendo en ello todo el empeño patrio.