Les voy a contar una historia antigua, pero actual. Hace casi un cuarto de siglo se produjo en la Universidad de Nanterre, a dos pasos de París, una revuelta estudiantil que se extendió a la capital. El 13 de mayo por la tarde se erigieron barricadas en el Barrio Latino, intervino con violencia la policía causando heridos, hubo cientos de detenidos y espera angustiosa del alba, cuando los obreros, camino del trabajo, se incorporarían al movimiento y se produciría la tan anhelada revolución. Era la estrategia de los líderes estudiantiles Sauvageot y Daniel Cohn Bendit, convertido ahora en dirigente verde. No se produjo la fusión. La clase obrera, bien encauzada por un potente sindicato comunista (CGT), optó por reivindicaciones salariales, con huelgas en todo el país y en casi todos los sectores, pero sin poner en entredicho el sistema político. El Partido Comunista no quería ni revolución ni desorden. Absorbido el movimiento estudiantil, el conflicto duró un mes. Durante ese tiempo el Gobierno otorgó ciertas ventajas a los trabajadores, cerró el chorro de la gasolina durante dos fines de semana para que los franceses viesen lo que les esperaba si persistían y habló De Gaulle de forma contundente. Convocadas elecciones legislativas, la derecha gaullista obtuvo mayoría absoluta. El parangón es evidente. Jacques Chirac, reelegido presidente gracias a los votos de la izquierda, ha elaborado un gobierno con el único objetivo de derrotar a la izquierda que lo aupó. Los estudiantes habían salido a la calle en toda Francia. Para ellos nada de componendas ni de trapicheos electorales. Pero gran parte de ellos (colegiales, menores de edad) no votan, como tampoco los cientos de miles de inmigrantes que los acompañaban. Por su parte, lo que se llama la izquierda (el Partido Socialista, que ya no merece ese nombre) sigue con trapicheos electoralistas, sin importarle que cuando los franceses votaron a Le Pen, en realidad manifestaron el deseo de vivir en otra sociedad, más justa e igualitaria. De todos modos, en 1968, De Gaulle contaba con un Partido Comunista que encauzó la revuelta hacia la normalidad. Ahora ese partido dejó prácticamente de existir, quemado por su participación en los gobiernos socialdemócratas. Por ello proliferan los grupos de extrema izquierda y el sistema carece de un canal para desviar su descontento: la explosión volverá a darse, dentro de unos meses o de pocos años. Por el momento, y en este mes que le queda por delante, Chirac puede desplegar muchos resortes para mantenerse en el poder. Y ahora siembra demagogia, sin explicar cómo va a realizar las reformas anunciadas. Si por un acaso redujera los impuestos directos y de las empresas, si por otra parte aumentara los gastos públicos en materia de seguridad como prometió, Francia no lograría mantener el equilibrio de su presupuesto en el 2002. Una de las primeras potencias europeas, locomotora de la Unión, incumpliría el pacto de estabilidad indispensable a la credibilidad del euro; rompería los compromisos de rigor monetario que habían firmado todos los países para que el déficit de unos perjudicase a la moneda de todos. No sólo los países que se esforzaron en lograrlo se sentirían engañados, si no, más grave aún, otros como Alemania, Italia o Portugal, que también afrontan dificultades económicas, esgrimirían el ejemplo francés para no respetar sus compromisos. Difícil le resultaría a Tony Blair incorporar a Gran Bretaña al euro, e imposible exigir a los países candidatos que acepten las condiciones impuestas. El proceso de construcción europea entraría en una fase delicada cuya perspectiva produce escalofríos tanto a la Comisión como al Banco Central.