Si la gloria consiste en que digan muchas tonterías de uno, como aseguraba Gustavo Flaubert, debemos convenir en que el número de gloriosos en nuestro país ha aumentado hasta la exageración y el despropósito, con los protagonistas de la frivolidad en cabeza, acogidos a la nueva denominación de el famoseo, que consiste justamente en que se hable mucho de ellos por nada que merezca la pena. Decía Schopenhauer que una gloria conseguida rápidamente se apaga también muy pronto. Y tenía razón en su tiempo, en el que no había televisión. Ahora todo es distinto. Con un monstruo mediático insaciable en su consumo de talento para producir mediocridad, los nombres de personajes perfectamente irrelevantes (Tamara, Genil, Dantés, Lequio, Yola Berrocal, Carmina Ordóñez, etc) se convierten en chicles de una elasticidad ilimitada que se estiran y estiran de programa en programa hasta convertirse en habitantes indeseables de nuestra propia casa. Esquivarlos es simplemente imposible. Las tonterías que sobre ellos se dicen o escriben desbordan el mal gusto, cuando no rozan lo delictivo. Pero cimentan su gloria. La misma que acredita nuestra estupidez.