Que en Galicia la política forestal es polémica, es un hecho. Hay grupos políticos y ecológicos que, con vehemencia incluso, reclaman una política radicalmente distinta de la que se practica, a la que se acusa de economicista. Tales grupos pretenden que se prohíba o limite la plantación de las especies de crecimiento rápido, sobre todo el eucalipto, a las que se consideran depredadoras de la naturaleza . Greenpeace, por su parte, en un documento de agosto de 1995, después de señalar que los antiguos bosques gallegos han sido sustituidos por auténticas «granjas de árboles», considera que el problema de los incendios está estrechamente relacionado con la política forestal de la Xunta, a la que considera «extremadamente productivista y claramente insostenible». Para Greenpeace, la relación de la política forestal de la Xunta con los incendios es evidente. «Si lo que se pretende, dice Greenpeace, es aplicar una política de prevención de incendios seria y eficaz, el retorno del hombre y de los aprovechamientos forestales sostenibles debe prevalecer sobre la errónea política de la granja intensiva de árboles». En Galicia existen también grupos que no sólo demandan un cambio de política forestal, sino que consideran ese cambio esencial para resolver el problema de los incendios. Pues bien, yo no digo ni mucho menos que los grupos que reclaman cambios en la política forestal tengan que ver con las organizaciones incendiarias. Pero sí creo que, habida cuenta del carácter polémico de nuestra política forestal, Adena tiene razón cuando señala que se puede recurrir al incendio para intentar cambiar la política forestal. A mi juicio, Adena acierta cuando piensa que algunos individuos empeñados en eliminar determinadas especies, pueden caer en el fanatismo y en la irracionalidad y, oportunamente agrupados y organizados, pueden llegar a utilizar el incendio como un arma para que la sociedad termine repudiando esos árboles, a los que previamente se ha acusado también de pirófitos, y exigiendo cambios en la política forestal. Se puede estar de acuerdo con Greenpeace y con esos otros grupos en que, por muchas razones, sería mejor que en Galicia, en determinadas comarcas sobre todo, hubiera menos homogeneidad en los cultivos forestales. A todos nos gustaría encontrarnos como más sotos o más carballeiras. Todos sabemos también que los sotos y las carballeiras arden peor que los pinares o los eucaliptales, pero de ahí a responsabilizar de los incendios a la política forestal media un abismo. Incendios intencionados Si no hubiera incendios intencionados, de lo que, por cierto, sorprendentemente, no habla Greenpeace, su argumento tendría validez: los sotos y las caballeiras arden menos. Pero si tenemos incendios intencionados en tan altísimo número y porcentaje es porque hay muchas manos incendiarias. Sin ellas, por muchos pinos y eucaliptos que tengamos en Galicia, no se produciría ni el gran número de incendios que padecemos ni esas oleadas tan devastadoras a que me he venido refiriendo. El incendio intencionado no se previene, como sugiere Greenpeace y los grupos que en Galicia comparten su análisis, cambiando la política forestal sino neutralizando a los que prenden fuego, salvo que lo que se pretenda decir es que la única forma de acabar con la acción de los incendiarios es dando satisfacción a sus pretensiones y cambiando, en consecuencia, la política forestal. El actual conselleiro de Medio Ambiente, que en los últimos días ha avanzado la hipótesis de una motivación puramente política en los incendios, con razón pidió a la oposición, en un debate en el Parlamento Gallego en el año 2000, que no diese una coartada a los incendiarios, acusando a la política forestal de la Xunta de ser la responsable de los incendios. Con todo fundamento, recuerda una y otra vez Carlos del Álamo que «los montes no arden solos y necesitan de una mano incendiaria para que se quemen». Naturalmente que los incendios forestales en Galicia no los reivindica nadie. Si lo hicieran, las organizaciones incendiarias que pretenden el cambio de la política forestal, además de la condena moral que recibirían aun en el anonimato, echarían por tierra su argumento. Se trata de hacer creer que hay especies que son malas y que los montes arden porque están plantados de pinos y eucaliptos. Si reivindicaran estos fuegos su argumento se vendría abajo. Resultaría evidente que los montes arden porque hay incendiarios y no por estar plantados de ciertas especies. Por eso no pueden reivindicar los incendios sin desenmascarar su estrategia. Nuestros montes arden sobre todo, por la acción de incendiarios organizados. Por eso la gran mayoría de los gallegos hacemos votos para que las Fuerzas de Seguridad desenmascaren y desarticulen esas organizaciones y Mariano Rajoy tenga, en esta materia, el mismo acierto que ha demostrado en muchos otros campos. Y que, como fruto de ese acierto, Galicia y la Xunta, que tantos esfuerzos han hecho ya en la lucha contra el fuego, alcancen la victoria definitiva contra esa plaga. Sin organizaciones incendiarias, sin fuegos de origen delictivo, los incendios originados por causas naturales, por imprudencia, o por acciones aisladas, podrían controlarse con medios más limitados, arderían en Galicia muchos miles de hectáreas menos cada año, con la riqueza que eso representa. Además, la Xunta podría dedicar a la mejora de nuestros montes ¿incluido el fomento más intenso de las especies nobles¿ decenas de millones de euros que anualmente invierte en apagar incendios provocados.