EL DISCURSO DE EUROPA

OPINIÓN

Aunque se tiene por cierto que «es más fácil predicar que dar trigo», la realidad es exactamente la contraria: que hay mucha gente que hace cosas que no sabe explicar, y que, mientras la Unión Europea está sobrada de ejecutivos que dicen development y cash flow a todas horas, se percibe una preocupante ausencia de políticos capaces de hacer un discurso que se salga de las obviedades estériles. Y eso puede ser un desastre si, como pasa ahora, nadie nos explica por qué va bien lo que va bien, y por qué tenemos que invertir dinero y esfuerzos para corregir lo que va mal. Mientras los beneficios de Europa se reparten como un botín entre los Estados, para que cada uno de sus jefes pueda presumir como un pavo real delante de sus ciudadanos, la Unión Europea se queda sólo con los problemas. Y por eso se explica que algunas regiones como la nuestra, que han recibido de Europa un impulso decisivo, se crean a pies juntillas la burda mentira de que Bruselas les prohíbe hacer leche o echar las redes de pesca, o de que todo lo que se hizo desde el Tratado de Roma (casi cincuenta años) se pone ahora al servicio del capital. Por si esto no fuese suficiente, la mediocridad de los actuales dirigentes europeos parece habernos arrojado en brazos de un discurso made in USA que, articulado exclusivamente sobre la seguridad y la lucha contra el terrorismo, y con una perspectiva del Estado que ya no tiene sentido entre nosotros, está sirviendo de tapadera a todo lo que, en nuestro contexto cultural y político, debería tenerse por una peligrosa involución, o por una sequía general de los valores de solidaridad, bienestar y libertad que nutren el proyecto comunitario. En Europa, me temo, empieza a sobrar trigo y a faltar prédica. Y quizá no estemos lejos de una crisis de orientación colectiva que amenaza con un grave divorcio entre el poder europeo y sus ciudadanos, o con activar la vieja trampa que incita a cada dirigente y a cada pueblo a jugar con dos barajas (la de Europa y la del propio Estado), como si alguien hubiese gritado ya el «sálvese quien pueda». Claro que en Europa se están haciendo muchas cosas importantes, y que, sobre un nuevo horizonte de naturaleza constituyente, asoman ciertos cambios que podrían entenderse como un salto cualitativo en la comprensión de la unidad política y económica de los pueblos. Algunas de esas cosas y de esos cambios acabo de tocarlos con la mano en una interesante visita que hice, invitado por Camilo Nogueira y el BNG, a las instituciones de Bruselas. Pero lejos de quedar tranquilo por ello, creo que se me ha agrandado la contradicción que existe entre la impresionante y rica realidad de Europa y la crasa simpleza de su discurso. Porque para mí sigue siendo cierto que, como dijo Christopher Dowse, la realidad de Europa es anterior a sus Estados. Y sólo con eso, y un poco de fe, se hace un gran discurso.