UNA JUSTIFICACIÓN

OPINIÓN

Al final resulta que los ignorantes éramos sólo dos. Usted, inocente lector. Y este desinformado escribidor. Sólo nosotros dos desconocíamos que Al Qaeda iba a atacar las Torres Gemelas de Nueva York. Lo sabía la CIA, el FBI, el Comité de Inteligencia del Senado, la Casa Blanca, la Agencia Federal de Aviación, el Grupo de Seguridad y Antiterrorismo, el Departamento de Estado, Bush, sus asesores, y también, probablemente, los jubilados que cada mañana se pasean por los alrededores de la Casa Blanca. Las informaciones que apuntan a que Bush conoció con meses de antelación las pretensiones de Al Qaeda colocan a quien pretende convertirse en el garante de la paz mundial en una difícil situación. Por inepto. Pero, sobre todo, sirven para trazar, si no fuese por el alcance de la tragedia, un nuevo y divertido capítulo de la historia americana. Llevamos años analizando, estudiando, y sobre todo pitorreándonos de la desidia estadounidense aquel domingo, 7 de diciembre de 1941, cuando los japoneses atacaron su flota del Pacífico, en Pearl Harbor. Se escribieron miles de libros, en muchos de los cuales se demuestra que el presidente Roosevelt también tenía constancia del ataque. Hasta se hicieron divertidas películas. Y ahora resulta que, sesenta años después, Bush pudo haber cometido el mismo error. El de la incredulidad y la dejadez. Cuando lo que está en juego son vidas humanas no puede apelarse a la especulación, ni a los mensajes ambiguos. Porque las más de tres mil víctimas mortales que dejó el ataque suicida no admiten desmentidos tan vagos como los realizados. Inquieta pensar, aunque sea sólo por un instante, que pudo evitarse la tragedia sólo con que Bush y su equipo de brillantes pensadores, otorgasen credibilidad a la información de que disponían. Las explicaciones dadas hasta ahora no son suficientes. Procede una justificación clara y rotunda. A todo el mundo. Sobre todo, a los aliados que lo apoyaron incondicionalmente en su brillante cruzada por la libertad duradera.