Cuéntame es uno de los pocos productos que nos reconcilian con la televisión. Avenencia puntual, ciertamente, porque la caja tonta parece estar condenada, aquí y en todo el mundo, a programar un buen porcentaje de contenidos detestables. Más o menos los que reclama la audiencia. Cada semana, la gente que no vivió aquel franquismo ya relativamente edulcorado de finales de los sesenta, pasado por las influencias del turismo y de los economistas tecnócratas del Opus Dei, se sorprende con hechos que hoy cualquier español medio considera alucinantes. A propósito de los últimos episodios, seguidores de la serie me han comentado que aquellos han transmitido la impresión de que para la época había todavía demasiados franquistas. ¿Dónde fueron a parar, al poco tiempo? Sobre la capacidad de evolución de buen número de españoles yo suelo decir, más con afán provocador que con respeto a la objetividad, que en los entierros de Franco y Tierno Galván, si apartamos a un centenar de personas en cada caso, estaban los mismos. ¿Evolución? Seis lustros después del tiempo que refleja Cuéntame , ¿ha evolucionado tanto el país como para que ya no queden franquistas entre nosotros? Probablemente serán pocos, pero sin duda quedan legión de hombres y mujeres de 50 a 60 años y más que es muy difícil que puedan haber limpiado por completo del alma los efectos de una educación asfixiante, de una Iglesia que no daba cuartel a los vencidos y a sus ideas, de una carencia absoluta de libertades, de un desprecio total hacia todo el que no fuera español, y mil venenos más. ¿Quién, educado de aquella manera, crecido en un ambiente tan hostil para la bonhomía, puede decir que no descubre en sí mismo, de vez en cuando, un involuntario tic autoritario, un involuntario tic machista, un involuntario tic xenófobo? Quizá en esta sociedad de la apariencia que hemos construido, ese examen de conciencia no sea del agrado de bienpensantes, pero es un ejercicio recomendable.