ASESINOS DE UTOPÍA

CÉSAR ANTONIO MOLINA

OPINIÓN

17 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

«Iremos a Pest,/la vida es alegre allí./Alguna vez visitaremos a papá,/sobre todo si nos falta dinero». Recuerdo estos versos de Sándor Petöfi mientras voy camino del aeropuerto para embarcar rumbo a Budapest. Al llegar al mostrador de facturación hay una larga cola de personas que portan unos grandes estuches metálicos. Le pregunto a la azafata si son músicos y ella, sonriendo, me responde que son cazadores. En el avión escucho curiosas aventuras de cetrería y pienso que, realmente, nuestro país avanzó, pues hasta hace poco sólo iba de montería el Generalísimo y ahora va cualquiera y, además, a centroeuropa. En el aeropuerto Ferihegy les pierdo la pista a estos hombres, y también mujeres, feroces. Ya en el hotel, me entero de algo que desbarata mis planes. En un folleto leo: «Statue Park. Gigantic memorials from the communist dictator-ship». Cuando cayó el telón de acero, la Asociación húngara de luchadores por la libertad de 1956, dio un ultimátum a la municipalidad: de no retirar aquellos símbolos, los derribarían. Por si no hubiera grandes y magníficos museos en Buda y Pest, alguien tuvo la ocurrencia salomónica de añadir uno nuevo al aire libre. Más de medio centenar de esculturas de la época comunista fueron conducidas a un parque temático construído en las afueras. Ideólogos, líderes, soldados y trabajadores, están representados. Si bien Lenin siempre mira hacia el infinito, Marx y Engels posan sus ojos inquisitivamente sobre quienes los miran. Marx parece Dios; Engels, la Virgen; Lenin, Jesucristo; Dimitrov y Ostapenco, unos evangelistas. Hay mucho de religioso en estas representaciones simbólicas. El héroe revolucionario húngaro Béla Kun tiene también un lugar sobresaliente. Prisionero en 1916, fue llevado a Rusia en donde conoció a Lenin. Al volver a su país fundó el Partido Comunista Húngaro. Durante unos meses, en 1919, logró imponer la dictadura del proletariado en medio de un régimen de terror rojo . Huyó a la URSS cuando el profascista almirante Miklós Horthy tomó Budapest implantando el terror blanco . Se mantuvo en el poder hasta la Segunda Guerra Mundial en la que Hungría, como en la Primera, estuvo del lado alemán. Kun fue ejecutado por Stalin. Hoces y martillos, banderas, fusiles, ametralladoras, símbolos de la violencia por doquier. ¿Así se imponen las ideas? El poeta Sándor Rákos escribe: «...La fuerza bruta nos estranguló/las ideas enmudecieron bajo el látigo». Horthy se exilió en Portugal, los nazis tomaron Hungría, la liberaron los soviéticos, luego, Mátyás Rákosi, fue un presidente stalinista y, en 1956, las leyes liberalizadoras de Nagy Imre fueron destruídas. Nagy fue ejecutado junto con varios miles de patriotas. Sus últimas palabras fueron: «No todos los comunistas son enemigos del pueblo». Este parque de las estatuas sólo puede producir horror y desolación. Este parque no es Disneylandia, no es un mausoleo kitsch de la peor estética realista, es el cementerio de los asesinos de la Utopía. «¡Cuántas vidas preciosas perecieron/por tu amor, Libertad!, ¡sirve eso ahora?,/más sino ahora servirá algún día», escribió Petöfi sin imaginarse los muchos sufrimientos que aún le quedaban por padecer a sus compatriotas. En el cementerio municipal, durante el régimen comunista, estuvieron ocultos en fosas comunes los cientos de fusilados del 56. La policía impedía a los familiares acercarse. Hoy han recuperado sus nombres y su memoria. El mismo Nagy Imre fue exhumado del cementerio Kerepesi y trasladado aquí. En la calle Nádor tiene un pequeño monumento. En medio de un puente mira a las aguas ¿del pasado o del futuro? «No hay tiempo pasado. El pasado no pasa/Lo conservamos, como el limo del fondo del lago», dice la poeta Rakovszky Zsuzsa. Cuando regreso al aeropuerto, varios días después, me encuentro con la misma compañía que a la ida. Veo caras exultantes llevando bolsas de las que sobresalen infanticidas cornamentas ¿Podrá alguien, alguna vez, cambiar el mundo sin dolor?