Hoy quiero utilizar esta columna para hacer propaganda descarada. Es por una buena causa, no se asusten. No voy a promocionar el último perfume ni el más moderno aspirador del mercado. Esas son baratijas comparadas con lo que voy a pedirles. De pronto he deseado con rabiosa fuerza que mis palabras valgan para algo, que se agarren a su corazón y a su cartera, y los seduzcan y conmuevan, y los lleven a hacer milagros. Milagros que son posibles, en este mundo, ahora. Quiero hablarles de los niños. Y de unos niños muy concretos. Esos que viven en un entorno de pobreza extrema, en países que no pueden afrontar el gasto de sus cuidados, como Colombia, Perú o Nicaragua. Son niños que hablan nuestro mismo idioma, y se llaman como nuestros hijos: Raúl, Ana, Isabel, Pablo, José... Sin embargo, su vida es diferente. Son niños que, en el campo, se levantan por la mañana temprano y, descalzos, dedican toda su energía a rebuscar raíces por los charcos para alimentar a los suyos; rastrean leña y agua durante todo el día, y carecen de lo más básico. Son niños que, en la ciudad, viven pegados a un semáforo, limpiando parabrisas, llamando con desesperación, o ya resignados, a las ventanillas de los coches en busca de una limosna para llevar a casa y así poder justificar su derecho a existir. Su vida es tan seria como la supervivencia de la que dependen. No les está permitido jugar o ir a la escuela. Esos son lujos que no se pueden pagar. Van a crecer con una permanente mueca sombría en el rostro y sin saber lo que es una verdadera infancia, sana y alegre, despreocupada y libre, lúdica y amorosa. Son adultos prematuros, llenos de arrugas en el corazón, cargados con el fardo de una existencia realmente injusta; son las víctimas más inocentes del arbitrario reparto de los bienes de este planeta. Pero nosotros podemos hacer algo por ellos, algo tan maravilloso como ser sus hadas madrinas. Tan solo con la varita mágica de menos de un euro al día, podemos proporcionarles una educación, comida y apoyo para sacarlos del infierno en el que están irremediablemente atrapados. Para que sus sonrisas adornen bellamente la tierra que pisan. Para que el suelo bajo sus pies, hoy fango movedizo y siniestro, se vuelva firme, y tengan una oportunidad de ser personas. La oportunidad que todos nos merecemos por el hecho de estar vivos. Así que yo, desde esta tribuna, les invito a apadrinar a un niño. Que mis palabras, nuestras palabras, aquí y ahora, sirvan para algo más que para teorizar sobre el sexo de los ángeles. Hay ángeles de carne y hueso, Raúl, Ana, Isabel, Pablo, José..., niños reales, con nombres y apellidos, con toda la vida por delante. Y necesitan un vínculo de amor, una mano tendida. Apadrínenlos. Les hará sentirse heroicos y mejores. Se lo aseguro.