No entiendo eso de la enseñanza de la religión. No me explico cómo se puede enseñar religión. La religión se predica y se escucha y si se da el afortunado encuentro entre quien así habla y quien le oye, puede que tenga lugar ese extraordinario y misterioso fenómeno al que llamamos fe. Ese efecto de la palabra determinada y oportuna entre quien la dice y quien la escucha establece entre ambos un vínculo que es o puede ser el que abra la puerta hacia la relación con Quien está más allá de ambos y los transciende ¿porque lo transciende todo¿. Y eso de la puerta no es un símil más o menos metafórico en un terreno en el que abundan las metáforas, más o menos afortunadas; es una designación de la Virgen, a la que las Letanías llaman Janua coeli , Puerta del Cielo. Casi todas las religiones, y no sólo la cristiana católica, están llenas de puertas, como es lógico. Pero estábamos en los vínculos que desencadena esa palabra dicha y escuchada sin la que no hay modo de predicar como no sea en el desierto. Y el problema comienza con lo que se tenga por origen etimológico de la palabra religión . El Diccionario Crítico Etimológico de Corominas-Pascual traduce religio-onis por escrúpulo, delicadeza, sentimiento religioso, creencia religiosa . Es una traducción cuyo sentido se corresponde, más bien, con un rasgo del carácter, una sensación, una creencia. Si se acude a un diccionario anglosajón, el origen se remite a religare , a la relación entre el ser y el Ser. La diferencia no es ajena a lo que separa a protestantes y católicos. Sea sentimiento¿ , sea vínculo , la cuestión está en cómo se enseña eso y cómo se sabe que se ha enseñado. El contraste de toda enseñanza se cifra en la pregunta del profesor y la respuesta del alumno: los dos flancos de la palabra. No hay otro modo de saber si el alumno está bien, mal o regular en matemáticas, por ejemplo. Pero ¿qué significa estar regular en religión? Estar bien ¿significa la gloria? ¿El infierno, estar mal? ¿Habría que añadir la confesión y la comunión a esas notas? Quizá bastara con leer la Biblia en clase, a pesar de lo que eso inquietara a algunos católicos. O leer la Historia de la Iglesia, al margen de la irritación que tal fórmula suscite en quien no comulgue con Roma. Judíos y mahometanos pueden quedar exentos o al arbitrio de su particular curiosidad al respecto, al igual que los hindúes. En cuanto a los budistas, es sabido que estas cosas se las toman de otro modo. Puede que lo único sensato fuera recurrir a lo que, hace medio siglo, se llamaba Historia Sagrada, que ni es Historia ni es Sagrada, pero, por lo menos, provee la información suficiente para que el alumno pueda ir a un museo de pintura y entender lo que cuenta, de un modo u otro, una muy buena parte de los cuadros que constituyen la historia de la pintura hasta el siglo XIX, incluidos Millet, Van Gogh, Dalí, Miró y, si me apuran, hasta Tápies. Porque hay jóvenes con estudios que ante un Murillo con un par de críos jugando entre un cordero y un arbusto espinoso, piensan que se trata de dos mendigos o de dos inmigrantes. El lector, sin embargo, sabe perfectamente a que par de niños me refiero. Hay cosas que, con algo de suerte y una familia medianamente adecuada, las aprende uno solo o perfectamente a solas. En cuanto al misterio, al misterio religioso, se puede aprender, pero no hay modo humano de enseñarlo.