EXTREMA DERECHA

IGNACIO RAMONET

OPINIÓN

14 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

He estado en Milán hace unos días, invitado por la asociación Punto Rosso para dar una conferencia sobre el panorama geopolítico internacional después del 11 de septiembre . Llego tarde y cansado, después de un largo día de trabajo, al aeropuerto de Malpensa. Nos dirigimos directamente al lugar de la conferencia en el centro de la gran ciudad lombarda. Son las nueve y media de la noche y hay más de 600 personas esperando. Me informan de que se acaba de producir un atentado en Holanda y que han matado al dirigente de extrema derecha local Pim Fortuyn... En consecuencia, la discusión se encamina hacia un tema ligeramente diferente: en qué medida el 11 de septiembre está influenciando la subida de la extrema derecha en Europa. Siento al público muy apasionado por esta temática. Aquí, en Italia, como ha ocurrido en otros períodos de la historia contemporánea, tienen cierto adelanto en estos temas. En este país, la extrema derecha en su versión renovada y con Silvio Berlusconi a su cabeza llegó por primera vez al poder en 1994 y lo volvió a conquistar, con mayoría absoluta, el año pasado. Muchos comentaristas europeos habían ironizado sobre este fenómeno, achacándolo prácticamente al carácter folklórico de una Italia de pandereta y carnaval. Se olvidaron de que ya en los años 1920 este país había servido de laboratorio social y político para la creación del fascismo, que luego, bajo formas ligeramente diferentes como el nazismo o el falangismo, se extendieron por Europa y acabarían provocando la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Después del susto Le Pen en Francia y la subida de la extrema derecha xenófoba en Holanda, muchos comentadores se dan cuenta que, una vez más, Italia ha sido precursora de un fenomeno político que se está extendiendo por toda Europa y concierne ya a Noruega, Dinamarca, Austria, Suiza, Bélgica, Irlanda, Portugal y Francia. A veces, por pereza intelectual, se califica a todos estos movimientos de fascistas. Es un error. Estos nuevos partidos de la derecha dura son más bien nacional-populistas, han abandonado el culto del Estado (una característica capital del fascismo tradicional), aceptan el juego democrático y son mucho más regionalistas (como la Liga Norte de Umberto Bossi, o el Vlaams Block de Flandes) que nacionalistas, son ultraliberales en economía y a la vez proteccionistas feroces y partidarios de la supresión de los impuestos directos. También son partidarios de la preferencia nacional frente a los extranjeros y con respecto a éstos si algunos partidos son partidarios de su expulsión (como el Frente Nacional de Le Pen) otros sólo exigen que se ponga fin a la llegada de clandestinos y apuestan por la integración de los extranjeros ya instalados en el país, aunque se oponen al reagrupamiento familiar, es decir, a la venida del resto de la familia (esposo o esposa e hijos) que se había quedado en el extranjero... Todos estos movimientos son fervientes partidarios de la restauración de la autoridad, piden mayor severidad con la delincuencia y exigen una justicia rápida que castigue sin miramientos. Todos se oponen también al multiculturalismo, es decir, a la coexistencia en el seno de una misma sociedad de culturas diferentes venidas del extranjero. La presencia del Islam sobre todo les horripila y todo lo que esta presencia conlleva: construcción de mezquitas, fiestas religiosas, indumentarias tradicionales, etcétera. Sus electores pertenecen a dos categorías sociales bien distintas: los más pobres, los más golpeados por la globalización (parados, obreros, jóvenes precarizados, jubilados, etcétera) y por otra parte los más ricos, que temen los programas socialdemócratas de redistribución de riquezas y aumento de los impuestos. Todos tienen una concepción muy tradicional y muy homogénea de sus respectivas sociedades y temen, como un crimen de impureza, toda modificación de la composición étnica y religiosa de su país. Por eso los immigrantes simbolizan para estos nuevos partidos de extrema derecha la suma de todos los males y de todos los miedos: robo del trabajo, delincuencia, rivalidad sexual, droga, amenaza religiosa, degeneración étnica... El chófer del taxi que me conducía, pasada la medianoche, a mi hotel milanés, resumía la situación con estas palabras: «Desde que se han multiplicado los immigrantes ha aumentado la violencia, la droga y la prostitución. Aquí sólo vienen los pobres, y eso no puede ser; los ricos se quedan en su país y nos mandan su basura social. Yo soy un trabajador, y nunca he sido fascista, pero hay que reconocer que hay demasiados extranjeros». El fascista siempre es el otro...