EL DERECHO DE VIVIR EN PAZ

DELIA BLANCOPresidenta de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado

OPINIÓN

13 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

La brutal ofensiva militar israelí contra los campos de refugiados palestinos en Cisjordania ha estremecido la conciencia democrática de la humanidad. No podemos permanecer indiferentes ante la actuación criminal de un Ariel Sharon que ya nos horrorizó hace dos décadas con las matanzas de Sabra y Chatila y que ahora pretende ahogar en la sangre palestina el complejo pero esperanzador proceso de paz que empezó hace once años con la Conferencia de Madrid y que con tantas dificultades avanzó hacia la constitución de la Autoridad Nacional Palestina a partir del principio de paz por territorios . Hoy Oriente Próximo es un volcán a punto de entrar en erupción donde la indignación de los países árabes puede desencadenar un conflicto de magnitud desconocida, con nuevos y masivos flujos de refugiados y desplazados. La dolorosa situación vivida en Yenín simboliza la tragedia de los cuatro millones de compatriotas que desde hace décadas viven en Oriente Medio a expensas de la caridad internacional en condiciones de pobreza extrema. Peter Hansen, máximo responsable de la Agencia de Naciones Unidas (UNRWA, en sus siglas inglesas) que desde 1950 ayuda a los refugiados palestinos, ha formulado un dramático llamamiento al Gobierno de Sharon para que ponga fin a su «sangrienta agresión» contra los campamentos de refugiados palestinos. Investida con el aura de una cruzada contra el terrorismo de los grupos radicales palestinos, la Operación Muro Defensivo lanzada por el Gobierno israelí busca, en definitiva, recuperar por la fuerza los escasos kilómetros cuadrados de Gaza y Cisjordania cuya administración, no su soberanía, cedió a la Autoridad Nacional Palestina. En su pretensión de reducir a cenizas la resistencia de aquel pueblo, la agresión ha golpeado también al gran poeta palestino Mahmud Darwish, director del centro cultural Jalil Sakatini en Ramala, dinamitado y saqueado por las fuerzas israelíes, un episodio que el escritor Juan Goytisolo ha equiparado a la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo por los ultranacionalistas serbios de Karadzic en agosto de 1992. La cínica solución propuesta ahora por Sharon, una conferencia internacional de la que desea excluir a la Unión Europea y al Gobierno de Yaser Arafat, está condenada al fracaso. En este punto José María Aznar, en su condición de presidente semestral de la UE, debería exigir con mayor contundencia respeto a la opinión de los Quince y presionar al Gobierno israelí para que cese su ofensiva bélica y cumpla las resoluciones de Naciones Unidas que demandan, desde hace más de treinta años, la retirada israelí de los territorios que ocupó durante la guerra de los Seis Días, en 1967. Oriente Próximo, Palestina, Israel o el Creciente Fértil, cuna de civilizaciones, es una tierra de encrucijada de culturas, pueblos, civilizaciones y religiones cuyo único horizonte posible es el diálogo, el respeto y la convivencia democrática. Así lo entienden muchos ciudadanos israelíes que están condenando la actuación de su Gobierno y así lo entiende la inmensa mayoría del pueblo palestino, que reivindica su sagrado derecho a vivir en paz.