Cuando yo era niño, y durante unos 12 años, hube de pasar varias veces cada día por un lugar donde había dos carteles. Uno de ellos, algo rústico, decía simplemente «Se prohíbe fijar carteles» y el otro, fijado por cuatro tornillos, consistía en una placa de porcelana blanca, en la que destacaba en negro el siguiente consejo: «Hablad bien. La Ley, la Moral y el Decoro prohíben la blasfemia». Durante aquellos años habré leído el dichoso cartel miles (literalmente) de veces, y recuerdo que bastantes de ellas, quizás porque subía solo y no tenía oportunidad de distraerme con los amigos, me quedé pensando en su significado. Desde entonces se grabó en mi mente la conveniencia de hablar con corrección. En algún caso, quizás ya en la adolescencia, traté de explicarme el motivo de aquella trilogía de razones para avalar algo tan normal entonces como una prohibición. He de reconocer que no me extrañaba en absoluto que la moral prohibiese la blasfemia. La única moral entonces comprensible, al menos para mí, era la vinculada a creencias religiosas, y así se aprendía en los libros, sobre todo en uno que precisamente se llamaba así: La Moral Católica . Por otra parte, la palabra decoro me recordaba las clases de latín: Dulce et decorum est pro patria mori , una frase de Horacio que hoy se me antoja discutible y que traducíamos por dulce y honroso es morir por la Patria . Lo de hablar bien desde luego podía ser honroso. Hasta ahí la cosa iba encajando. El que la Ley también lo prohibiese, aunque no tan obvio, pudiera ser consecuencia del hecho de tener en España un tipo de régimen que podía reglamentar hasta las expresiones inocuas de los ciudadanos, e incluso la carencia de expresiones. Por ejemplo, un día aprendí que un discípulo de Ramón y Cajal había sido represaliado por no bautizar a sus hijos. Al pasar los años uno fue asimilando aquellas ideas, y por aquello de no bañarse dos veces en el mismo río, ya que otras aguas fluyen continuamente, trató de recolocar ¿por vía racional¿ en los esquemas mentales el derecho a prohibir. Es, en definitiva, el tema de las competencias. Fue así, y más cuando recuperamos las libertades, como aprendí que el lenguaje es una de las expresiones más poderosas de la libertad. Aprendí que nadie puede prohibir, con éxito y democracia, en cuestiones de formas del lenguaje. Que la única autoridad que existe, en algunos idiomas, es la de academias de la lengua que de vez en cuando reconocen la evolución libre de la palabra, aconsejando o desaconsejando el uso de tal o cual neologismo. La palabra nunca quebranta la ley por su forma. La lengua española cuenta hoy con unas normas ortográficas que han sido revisadas por academias de 22 países. En la última edición de esas recomendaciones existe un apartado que trata de fijar criterios en lo referente al uso de topónimos en castellano. Y entre los ejemplos propuestos figura el que lo correcto es utilizar la forma La Coruña cuando se habla o escribe en español. Es posible que algún día sea de otro modo, e incluso que hoy la denominación oficial se exprese en otro idioma, pero nunca nadie podrá (con éxito y democracia) prohibir que se utilice así el idioma castellano.