Una de las dos Españas ha de emborracharte el corazón. Mientras media España se plantea legalizar la droga para impedir la atracción de lo prohibido, la otra media se propone penalizar el consumo del vino. Y gana esta última mitad, que debe de ser la ortodoxa. Gana, porque en ella está el Gobierno. Al grito de cruzada de «por la salud de la población, guerra a muerte al botellón», van a hacer una ley. ¡Otra ley! Es decir, van a garantizar por ley la salud de los adolescentes y, de paso, el sueño de los mayores. No es exactamente una ley seca , pero ése será su nombre popular y de guerra: la «ley seca» del PP. Ya han lanzado un globo sonda de previsiones del legislador: habrá fuertes multas por consumo en la calle y por ventas a menores. ¡Que nadie diga que somos blandos! Se prohibirá la publicidad. No habrá alcohol en las gasolineras. Se quitará el carné por seis meses al conductor que ha tomado una copa. Se cerrarán establecimientos como antes se hacía con casas de alterne: «por orden gubernativa». Y lo más original: los supermercados tendrán caja especial para bebidas. Cómo será esta ley seca, que ni sus señores padres se atreven a defenderla. Con toda timidez se limitan a decir que estamos ante un «borrador sujeto a cambios». Quieren escuchar qué dice la sociedad. Pues escuchen: la sociedad la empezó a calificar como represiva e inaplicable . Lo de represiva es evidente. Si, además, resulta inaplicable, que nadie se preocupe: estaremos ante una ley típicamente española, porque en España se confunde gobernar con legislar, y aquí se hacen normas para cubrir el expediente, engordar el balance del Gobierno y presentarse a las próximas urnas con esta pancarta: «hemos atendido la demanda social». Lo políticamente correcto es aplaudir una ley tan ambiciosa que quiere salvar a la juventud. Lo éticamente necesario es dudar de que el fenómeno del botellón se pueda arreglar a base de porras, guardias y multas. Y lo morboso es ponerse a imaginar qué discurso pronunciará en Cambados, después de presentada la ley, un señor al que harán Cabaleiro de la Orden del Albariño. Porque ese señor se llama José María Aznar.