Definitivamente, el Bloque ya no es un bloque. Es un amasijo. La Asamblea Nacional del BNG, celebrada la pasada semana, en la que se intentó restañar las heridas abiertas en los últimos meses, ha servido únicamente para la foto. Todos juntos y sonrientes: la gran obsesión de los que ejercen la política. La foto. Es de agradecer la sinceridad con la que Xosé Manuel Beiras habló sobre Francisco Rodríguez y los entresijos de la asamblea. Las acusaciones vertidas contra el líder de la UPG y contra Esquerda Nacionalista, demuestran que el divorcio está consumado. Poco importan los llamamientos a mantenerse unidos, a mirar al futuro y a pasar página. Lo cierto es que han salido peor de lo que entraron. La aprobación de las ponencias políticas, y el respaldo a la nueva ejecutiva no es más que un espejismo. No hay disimulos. Anxo Quintana ha tratado de resumirlo con «más BNG y menos partes». Pero nadie le escucha. El revoltijo nacionalista ha llegado a un punto tal que las desavenencias parecen insalvables. Porque muchos de sus dirigentes no están en política por romanticismo. Hay que defender los cargos públicos que les permiten una situación de acomodo a la que no están dispuestos a renunciar y un reconocimiento social, que es duro abandonar. Beiras, en un brillante ejercicio de sugestión colectiva, ha dicho que se equivoca quien pretenda desestabilizar el Bloque. Nadie quiere hacerlo más de lo que ya está. Al amasijo lo desestabilizan sus responsables. Muchos de ellos eran conscientes de que la discordia no se cierra en un fin de semana. El Bloque necesita un debate muchísimo más profundo del realizado. Porque las desavenencias no se arreglan desde las páginas de los periódicos, ni desde las emisoras de radio. Tienen que volver a empezar. Pero en serio. Sin cinismos. Pedro Arias dice que el BNG tiene un problema: no encuentra enemigo. Pues será porque no los busca con eficacia. Porque los tiene. Y dentro de casa.