Hace poco más de treinta años, los estudiantes franceses iniciaron una revuelta (el mayo de 68), que si no tuvo repercusiones políticas inmediatas y directas, ejercieron una enorme influencia en la evolución de la moral y de las costumbres en países tan distantes o disímiles como México, Polonia, España o Italia. La intervención aplastante del Partido Comunista, ya aburguesado y siempre prudente, evitó que la rebelión no desembocara en algo más serio. Este país ya había mostrado un camino nuevo en el siglo XVIII. La monarquía había alcanzado un alto grado de degeneración, y los Jean-Jacques Rousseau, Voltaire, Beaumarchais y otros enciclopedistas, prepararon la transición de un régimen teocrático a otro popular. No todo en este artículo van a ser flores para Francia. No se pueden olvidar ni al mariscal Petain ni los años de colaboración con los nazis, aunque la Historia (que siempre la hacen los pueblos pero la escriben los vencedores) la haga figurar al lado de EE UU e Inglaterra gracias a la tozudez y genialidad del general De Gaulle. Lo que está pasando estos días significará una nueva página ejemplar en la historia de este país. Más bien diré que en la historia de Europa, pues mucho se habló Francia en este caso, cuando a mi entender se trata de un problema europeo. La primera convulsión de la Europa neoliberal, y otras muchas vendrán si esta reacción francesa no lo remedia y no sirve de ejemplo. El primero en comprenderlo he sido el canciller alemán Schröeder, quien piensa ahora que la construcción europea va demasiado deprisa y los pueblos no tienen capacidad de adaptación para tantos cambios ni de supervivencia para tantas privaciones que se les impone. Y don José María Aznar debería de ser más prudente a la hora de mofarse de Jospin (de lo que se habló mucho aquí): la situación y los problemas de España no son tan diferentes, como tampoco lo eran en Mayo del 68, y de pronto de las barbas del casero se pasa a la del vecino. Después de una primera votación que le dio un triunfo aparente al pronazi Le Pen, la manifestación del miércoles sirvió de desquite y de advertencia. El nuevo Hitler reunió a unas veinte mil personas en París, procedentes de toda la geografía francesa, mientras que las izquierdas convocaron a cerca de millón y medio en todo el territorio. El inconveniente práctico de esta movilización es que una gran cantidad de manifestantes antilepenistas no votan (escolares, colegiales, inmigrantes, extranjeros), pero su importancia ha sido tal que dará mucho que pensar a los políticos. Quiero decir que el corsé neoliberal que los tecnócratas quieren apretarle a Europa produce toda clase de desheredados (parados, despidos, sin techo, a los que cabe añadir los inmigrados tan necesarios para la nueva producción capitalista) que un día u otro, aquí, en España, o en Alemania, terminará por hacer estallar la marmita. Otra lección que se debe retener es que las manifestaciones han sido un triunfo de las izquierdas. Ningún partido de derechas quiso unirse a ella. Sin duda hubieran preferido que la asistencia no fuera tan arrolladora y se pudiera atribuir el triunfo sólo a Chirac. Pero éste queda gravemente debilitado para ejercer la presidencia con autoridad moral, sea cual fuere el resultado de las próximas elecciones legislativas. Si ya bastante deteriorada estaba su imagen, las diatribas e insultos que le está asestando su contrincante (corrupto, supermentiroso y ladrón merecedor de la justicia) acaban por rematarlo. Difícilmente él y los suyos podrán presentarse como los vencedores de las elecciones; pero tampoco podrá hacerlo la izquierda tradicional, derrotada en la primera vuelta. Es el triunfo de la sociedad civil, que se ha implicado de forma ejemplar en este combate para salvar la República, sustituyéndose a unas fuerzas caducas y aburguesadas. Europa tenía que sufrir convulsiones y habrá de seguir atravesándolas. No se pueden cambiar con un solo patrón los sistemas de vida y económicos de tantos y tan disímiles países sin explosiones. La reacción del pueblo francés, votando primero contra una monarquía surgida del golpe de Estado del general De Gaulle, contra los dos partidos que se alternan en el poder desde hace más de veinte años y hacen la misma política aplicando los deseos del neoliberalismo, de las finanzas y de la globalización económica, restableciendo después la autoridad republicana y distribuyendo al fin nuevas cartas de una baraja inédita a una prima clase política, es de alabar y agradecer.