Puso cara de mucha sorpresa cuando se lo dije. Casi me arrepentí en el momento. Acababa de conocerla y sabía poco de ella, pese a que su nombre circula con fluidez en el mundo social. La cara de sorpresa se plasmó, más que nada, en cierto hieratismo y en la ausencia de respuesta, también en la mirada. Ella había estado ponderando la importancia de la profesión periodística y el agudo sentido de responsabilidad que debería caracterizar a todos sus miembros. Luego añadió algo muy similar a: «Junto con los profesores, son las personas más influyentes». El comentario me hizo gracia, quizá porque ella desconocía mi doble condición de profesor y periodista. O quizá, porque siendo ambas cosas, no termino de percibir esa supuesta capacidad. Total, que vine a decirle que no, que había una profesión mucho más decisiva que ninguna otra: la de madre. Me atreví incluso a glosar la afirmación. Un periodista acaso consiga derribar un gobierno, pero es imposible que cambie a una persona, que la haga mejor. Puede ayudar, pero sólo Dios y las madres retienen el privilegio revolucionario de cambiar el corazón, la única manera comprobadamente eficaz de transformar el mundo.