En mi juventud, o sea hace demasiados años, conocíamos el chinito de porcelana con una ranura en la cabeza, para recoger el óbolo con destino al Domund. La solidaridad no tardaría en cercar a la caridad hasta hacerla testimonial. Sentirse solidario en un día como el de hoy, con los trabajadores de fiesta, es como la obligada alegría de la Navidad o el despendole del Carnaval. Una obligación del espíritu. Reflexionar sobre la solidaridad no es ocioso. No creo que deba practicarse provisto de una cinta métrica, y ser siempre más solidario con el que está a nuestro lado que con el que malvive a 6.000 kilómetros. Pero tengo la impresión, no avalada por la diosa Estadística, de que hay demasiados solidarios que actúan como los espectadores tópicos de televisión, que en lugar de vivir la vida prefieren ver cómo viven la vida otros. Trasladado al ámbito de la solidaridad, se sienten más realizados cuando apadrinan a un niño peruano o de Bolivia. Aunque no actúen con la misma diligencia para limpiar los mocos y llenar el estómago del gitanillo que vive a dos manzanas. En los tiempos de la caridad nos decían que el prójimo es el más próximo. Ahora algunos, quizá muchos, se empeñan en usar la tecnología para hacer cibersolidaridad. Y el frío teclado les transmite al alma esa temperatura, que les permite pasar al lado del paupérrimo sin darle un euro o, cuando menos, una palmada en la espalda, después de socorrer a alguien lejano cuya cara no conocen. En el día del trabajo es bueno solidarizarse con unos cuantos obreros a los que puedas identificar. Esos hombres que no han cumplido los sesenta, o jóvenes que ya pasan de los veinticinco, y están unos y otros unidos por ese cordón umbilical que amarra a tantos a la desesperanza: el asfixiante cordón del desempleo. Ni siquiera celebran a toque de corneta la fiesta del trabajo, aunque están ahí al lado, absolutamente prójimos.